Y más que eso: no se trata únicamente del control sobre la luz, sino también del desplazamiento del tiempo de contemplación, que deja de depender del visitante y pasa a estar determinado por la propia obra. En el esquema clásico, quien observa decide cuánto tiempo permanece frente a una pieza. Puede detenerse, alejarse y regresar; la pintura continúa allí, inmóvil, sin sustraerse a la mirada.
Con las imágenes en movimiento la situación cambia: ya no se someten al ritmo del espectador. Si se deja de mirar un video, algo puede perderse. La contemplación —antes entendida como experiencia estable y disponible— se convierte en un ámbito donde la experiencia no puede repetirse en los mismos términos, donde no es posible volver exactamente al mismo punto para reencontrar lo visto. Esto ocurre incluso con mayor intensidad que en la llamada “vida real”, porque, en una visita habitual, el tiempo disponible casi nunca permite recorrer la totalidad de los videos exhibidos: su duración acumulada excede el tiempo de permanencia en el espacio.
En este sentido, la instalación de video o cine en un contexto expositivo pone en evidencia la finitud del tiempo y la distancia respecto a la fuente de luz que, en los circuitos habituales de circulación audiovisual, permanece disimulada. La película se vuelve incierta, parcialmente inaccesible, incluso opaca: su duración suele superar el tiempo medio de atención que puede dedicársele. Así emerge una diferencia en la recepción cinematográfica cuando la experiencia se desplaza del cine convencional hacia un régimen de contemplación fragmentado.
Para quien observa, esta situación abre la intuición de la infinitud del mundo. Más aún: al instaurar una diferencia en el modo de atención, la contemplación desplaza el foco desde la forma visible hacia el soporte material oculto y hacia la temporalidad propia de cada obra.
Lo nuevo no opera aquí como representación de lo otro ni como avance hacia una progresiva clarificación, sino como recordatorio de que lo oculto permanece oculto, de que la frontera entre lo real y lo simulado sigue siendo ambigua, de que la duración de las cosas es siempre vulnerable y de que la duda sobre su naturaleza interna es irreductible. Dicho de otro modo, la contemplación introduce la posibilidad de lo sublime en el ámbito de lo banal. Como afirma la célebre sentencia bíblica, no hay nada nuevo bajo el sol. Y, sin embargo, incluso dentro de esa afirmación puede surgir una diferencia inesperada.
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