Epistemologías situadas en tiempos de crisis: cuerpo, tecnología y responsabilidad
El presente se percibe como un momento de bifurcación. No se trata únicamente de una crisis económica o política, sino de una crisis civilizatoria que atraviesa las formas mismas en que comprendemos el mundo y producimos conocimiento sobre él. La modernidad capitalista se ha presentado como totalidad, como único horizonte posible, organizando no solo la economía sino también la subjetividad, el deseo y el tiempo. En ese marco, pensar críticamente no es un gesto académico aislado, sino una necesidad histórica.
Las epistemologías feministas emergen en este terreno ampliado de la crítica. No cuestionan solo contenidos, sino la estructura misma del conocer. Sandra Harding propone una objetividad fuerte que obliga a reconocer que todo conocimiento está situado. No existe mirada sin posición. No existe análisis sin implicación. La supuesta neutralidad de la ciencia ha ocultado durante siglos relaciones de poder, jerarquías de género y exclusiones sistemáticas.
La modernidad construyó una dicotomía fundacional entre mente y cuerpo. La razón fue elevada como instancia suprema, mientras el cuerpo quedó asociado a lo instintivo, lo emocional, lo desbordado. Lourdes C. Pacheco advierte cómo la ciencia moderna expulsó la subjetividad y los afectos de sus criterios de validez. El cuerpo fue reducido a objeto de estudio, nunca reconocido como sujeto cognoscente. Sin embargo, esta operación no fue inocente. El orden simbólico de la modernidad capitalista, encabalgado con el patriarcado, consolidó una jerarquía donde lo racional y lo masculino dominan, y lo sensible, lo intuitivo y lo femenino son subordinados.
Somos consecuencia de un solo tipo de pensamiento, el racional. Nuestra parte intuitiva, empática, sensible ha sido sistemáticamente aplastada o deslegitimada. Hemos aprendido a desconfiar de aquello que no puede medirse o clasificarse. Y, sin embargo, el cuerpo insiste. El cuerpo siente antes de conceptualizar. Percibe antes de traducir. Habita antes de explicar.
Estudiar desde el cuerpo no significa abandonar la razón, sino reconocer que la experiencia encarnada es condición de posibilidad del conocimiento. La crisis civilizatoria actual no puede comprenderse únicamente desde categorías abstractas. El modelo productivista y depredador trata al planeta como arsenal de recursos y a las poblaciones como piezas reemplazables. Las estructuras depredadoras del capitalismo contemporáneo no solo devastan territorios, también moldean subjetividades precarizadas, volcadas al consumo y al presentismo.
En este contexto, la tecnología aparece como emblema del progreso. Sin embargo, el mito de la tecnología como progreso lineal debe ponerse en crisis. La tecnología no es neutral ni inevitable. Es extensión de un modelo de pensamiento. Si nuestras herramientas funcionan, si son útiles y eficaces, tendemos a tomar ese modelo como paradigma absoluto. Del mismo modo que concebimos el cuerpo como mecanismo, concebimos el mundo como máquina.
En el Leviatán, Thomas Hobbes se preguntaba por qué no podríamos decir que los autómatas tienen una vida artificial, si el corazón no es sino un resorte y las articulaciones ruedas que dan movimiento al cuerpo entero. Esta analogía entre cuerpo y máquina marcó profundamente la imaginación moderna. Desde entonces hemos pensado el organismo como mecanismo y, en consecuencia, hemos diseñado nuestras tecnologías como prolongaciones de ese modelo mecánico y racional.
Pero el cuerpo no es solo engranaje. También es caos, intuición, imprevisibilidad. Somos capaces de cálculo y de desborde. Sin embargo, hemos negado como sociedad y como individuos nuestro reconocimiento fuera de los sistemas que hemos creado. Desde el ego hasta la sociedad patriarcal y capitalista que habitamos, nos movemos dentro de estructuras que presentamos como naturales. Hemos incluso fabricado una réplica del mundo que observamos, y que todavía no entendemos del todo, en el ciberespacio. Allí reproducimos jerarquías, violencias y desigualdades. Somos doble, triple, múltiples veces atrapados en capas de sistemas que nosotros mismos edificamos.
En el flujo constante de información, las prácticas que requieren tiempo entran en crisis. La confianza, las promesas y la responsabilidad necesitan duración. También la observación atenta y detenida. Sin embargo, el régimen digital privilegia la aceleración. Se acumulan datos sin producir necesariamente conocimiento. Se corre dentro de la información sin alcanzar comprensión. El malfuncionamiento que pone en crisis a un sistema no siempre es visible en su eficiencia técnica, sino en su incapacidad para sostener la vida que lo atraviesa. Cuando un sistema continúa operando pero erosiona las condiciones mismas que lo hacen posible, su crisis es estructural.
Las epistemologías feministas permiten leer ese malfuncionamiento. Al recuperar el cuerpo como lugar de conocimiento, cuestionan la reducción de lo humano a engranaje productivo o consumidor de datos. Invitan a pensar desde la vida concreta, desde la experiencia situada, desde aquello que ha sido históricamente desvalorizado.
En tiempos de crisis civilizatoria, estudiar desde el cuerpo se convierte en un acto político. Significa reconocer que el conocimiento no es exterior al mundo que analiza. Que la tecnología no es simple herramienta, sino expresión de una racionalidad específica. Y que, si queremos imaginar otras formas de habitar el mundo, debemos ampliar nuestras formas de conocerlo, reincorporando la intuición, la sensibilidad y la experiencia como dimensiones legítimas del pensamiento.
Solo así la bifurcación del presente podrá abrirse hacia algo distinto y no hacia la repetición amplificada de los mismos sistemas que hoy comienzan a mostrar sus fisuras.
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