sábado, 8 de agosto de 2026

sobre pq odio el cine

 La teoría expandida del cinema es el film.

“Film” abarca todo aquello que ha sido desplazado a los márgenes de lo englobado dentro del “cinema”. Secuencia, audio, narrativa cronológica, principio y fin.

La condición de la narrativa es una muerte ficticia.

La visión incompleta de la cinematografía moderna. El mundo de las imágenes. Los espectadores están sentados frente a la pantalla in an oblivion of the body. “Cinema” entendido como un espacio.

La pantalla es una situación que esconde algo y muestra otra cosa al mismo tiempo, en el punto intermedio de esta contingencia está el espacio de los artistas. El encuadre genera una muerte ficticia. LA PROYECCIÓN ESCONDE LA PANTALLA. El “film” es consecuencia de la materia misma de la que está hecho. El efecto del movimiento.


El formato de vídeo es ideológico, o sea, ordena la información bajo una sola línea, definiéndose bajo premisas fijas como la noción de calidad, de pureza, de representación; la relación entre tamaño-peso-materialidad y asunciones de lo que puede sacrificarse por pasar desapercibido, como los pixeles inmóviles. Pensando de manera más amplia, podríamos ver que la forma de organización de la informática, es similar a cualquier otra organización de conocimiento. En este sentido, las operaciones de los codecs se asemejan al momento de interpretar, por ejemplo, un cuadro: uno se planta frente a él, recibiendo cierta cantidad de información, esperado acceder al mensaje implícito. Se recibe la información de golpe y hay un momento de desorganización, de choque, que podría ser considerado la “experiencia estética” , que luego se organiza bajo una serie de herramientas pre-dadas como el buen gusto; el ojo entrenado en cuestiones compositivas; la formación histórica; recuerdos generales. El medio es el mensaje en tanto que provee las posibilidades técnicas de los elementos a ordenar. Pero este orden-desorden-búsqueda de belleza-fallas gestuales-mala facturael no me dice nada, el error es el producto cultural de una mente determinada por una búsqueda específica del orden del mundo, impuesta culturalmente . La irrupción en este flujo esperado de información es posible en el mundo informático, solamente desde una perspectiva "humana", porque una computadora no concibe errores, sólo procesa información. Por esta razón el Glitch no solo plantea una relación crítica con los medios informáticos, sino que provee herramientas para tomar una postura autocrítica. Atacar lo esperado es romper(se) a uno mismo.

“Las imágenes pobres son por lo tanto imágenes populares: imágenes que pueden ser hechas por muchas personas. Expresan todas las contradicciones de la muchedumbre contemporánea: su oportunismo, narcisismo, deseo de autonomía y creación, su incapacidad para concentrarse o decidirse, su permanente capacidad de transgredir y su simultánea sumisión. En conjunto, las imágenes pobres presentan una instantánea de la condición afectiva de la muchedumbre, su neurosis, paranoia y miedo, así como su ansia de intensidad, diversión y distracción” (Steyerl 2014, p.43).
“La imagen pobre es una copia en movimiento. Tiene mala calidad y resolución subestándar. Se deteriora al acelerarla. Es el fantasma de una imagen, una miniatura, una idea errante en distribución gratuita, viajando a presión en lentas conexiones digitales, comprimida, reproducida, ripeada, remezclada, copiada y pegada en otros canales de distribución”. (p.33)

Desde el punto de vista tecnológico, las investigaciones del ingeniero Guillermo González Camarena (1917 - 1965) fueron muy importantes para el desarrollo de la televisión mexicana. Desde 1934, a la edad de 17 años, ya estaba familiarizado con la tecnología necesaria para construir cámaras de televisión, realizando su primer equipo partiendo de cámaras de deshecho. A los 23 años, entre 1940 y 1941, patentó su Sistema Tricromático Secuencial de Campos, una tecnología que se adaptaba al sistema convencional de receptores en blanco y negro para obtener una imagen a color. En 1942 logra sus primeras transmisiones experimentales de televisión desde su casa. En 1946 XE1GC transmite en forma experimental; es la primera estación de televisión en Latinoamérica. En 1960 lograba obtener las primeras transmisiones a color. Veía en la televisión una poderosa herramienta para la educación y la difusión de la cultura. González Camarena muere en 1965 en un accidente automovilístico. Este hecho ha dejado abiertas una serie de especulaciones, sobre si, en su muerte, estuvieron involucrados intereses relacionados con sus patentes. Más allá de esto, queda la incógnita si en verdad hubiera sido posible adaptar los receptores existentes en ese momento, en blanco y negro, para la obtención de una imagen a color. Su trayectoria como inventor nos hace pensar que si era posible, pero tal vez no muy viable, como ha sucedido a lo largo de la historia con innumerables inventos.

autoria

 Quizá a nuestra generación le toque ser el eslabón perdido, quizá a nuestra generación no le interese dejar rastro, quizá estamos entendiendo que el valor de la creación artística reside en su ejecución inmediata, quizá no aspiramos a ser recordados para siempre porque estamos mas ocupados tratando de sobrevivir.


. Clicking on the link brought them to the anthology where upon downloading it, they found their name attached to a poem they didn’t write. Like wildfire, reaction spread through the community: Why was I in it? Why wasn’t I in it? Why was my name matched with that poem? Who was responsible for this act? Some of the ‘contributors’ were delighted to be included while others were wildly angered. Speaking on behalf of the disgruntled authors whose reputations of genius and authenticity were sullied was blogger and poet Ron Silliman, who said ‘Issue 1 is what I would call an act of anarcho-flarf vandalism …. Play with other people’s reps at your own risk.’


para samara

 Lo principal no es comenzar a pintar precozmente, sino ser primeramente un individuo. El arte de dominar la vida es el requisito previo para todas las demás formas de expresión, ya sean pinturas, esculturas, tragedias, o composiciones musicales.

Tenemos el anhelo que algo se haga como resultado de la intensidad ferviente de nuestra mirada,

fé en que se nos comprende de forma transparente, ilusión de que el que mira mirar. mira la mismo

que el que mira, y se siente impelido a sentir el mismo deseo, ejecutarlo como si fuera propio.

También utilizamos la mirada como una señal de sincronía, de acuerdo armónico, procurando creer

que no sólo la mirada atraviesa el alma de nuestro prójimo sino que por el agujero se van todos los

efluvios que podrían manchar un momento de satisfacción, amor o embeleso.

La mirada, puestos a abusar de su magia, también podríamos especular que es capaz de hacer mal,

de provocar mala suerte, como si es forma malévola de posar la vista contagiara con mal de ojo al

mirado, que se vería así arrastrado a las peores desgracias sin tener nosotros que provocar trabajosamente

su caía.

un emperador chino pidió un día al pintor de su corte que borrara la cascada que

había pintado al fresco en la pared del palacio porque el ruido del agua le impedía

dormir


retos para una epistemologia libre

 y nos dijeron...

…Llega Prometeo para supervisar la distribución y ve a todos los animales armoniosamente equipados y al hombre, en cambio, desnudo, sin calzado, sin abrigo e inerme. Y ya era inminente el día señalado por el destino en el que el hombre debía salir de la tierra a la luz. Ante la imposibilidad de encontrar un medio de salvación para el hombre. Prometeo roba a Hefesto y a Atenea la sabiduría de las artes junto con el fuego (ya que sin el fuego era imposible que aquella fuese adquirida por nadie)

gesto

 Creo que la experiencia de navegar ya sea en un disco compacto o en Internet (sorfear en el dialecto del cybernauta), la libertad que se experimenta y la satisfacción de contar con una respuesta a la medida de nuestras preguntas y curiosidades, es irreversible; es decir, la persona que se ha metido en Internet, en la telaraña, empezará pronto a sentirse incómoda frente a la pantalla de televisión: se siente inútil, quiere tener algún tipo de control sobre lo que está viendo.

El código es un lenguaje utilizado para comunicarnos con la computadora; tiene sus propias reglas, sintaxis y significados. Como los escritores, el programador también tiene su propio estilo que incluye estrategias para la optimización del código y manera de comentar para otras personas que verá el código también.

El código puede hablar de literatura, lógica, matemáticas.. Contiene diferentes capas de abstracción y las enlaza con el mundo físico compuesto por chips de memoria y procesadores. Todos estos recuersos contribuyen a la expansión de los límites de la poesía contemporánea usando el código como un nuevo lenguaje. El código habla de vida o muerte, de amor o desamor; el código está hecho para hablar no para correr run.

El gesto, en la acepción primegenia de la palabra, remite al movimiento de partes del cuerpo humano como las manos, brazos o la cabeza. Este movimiento corporal, consciente o no, puede ser la principal vía de expresión de pensamientos y sentimientos, o colaborar para dotar de una mayor fuerza expresiva al lenguaje verbal. También existe otra manera de entender el gesto, una conceptualización que conecta con una determinada manera de ser y obrar, gesto entendido como actitud, acto o intervención. El gesto del artista -de un artista pintor- nace al extender la idea de gesto a la práctica artística en general y a la pictórica en particular. El gesto artístico de un pintor se desplega en el proceso de trabajo y preserva los dos niveles originales del gesto en el acto de la creación pictórica. El nivel externo en la faceta corporal, la incidencia física del gesto, del trazo mutando la materia, del proceso y la técnica empleada. El nivel interno en relación con el pensamiento consciente e inconsciente, con los postulados del pensamiento artístico y las emociones, con la inspiración que hace brotar el gesto y lo clausura. Ambos niveles del gesto artístico, interno y externo, confluyen en la acción que plasma la obra. Esta última tiene una existencia continuada en el tiempo contraria a la del gesto, impermanente como el artista y habitualmente huidizo en el espacio.

O la armonía emana de un gran ordernado conscientemente melóman o todo el universo no existe más que como un sueño en la imaginación armoniosa del homo sapiends (¿y porqué es entonces tan armoniosa?)

y talvez algun dia sepamos de aquello o talvez no, pero cierro Los ojos y me imagino

Es decir, Internet no es un producto tecnológico habitual con límites materiales definidos, al contrario, es una abstracción que de alguna manera agrupa ordenadores, protocolos, programas de aplicación, contenidos, nombres de dominios, direcciones de correo electrónico, etc. Así, ¿qué es exactamente Internet? La imposibilidad de definir la red de forma precisa ha llevado a los usuarios a aprender a utilizar esta herramienta sin saber exactamente cómo lo hacen y también a crear metáforas como “red”, “autopista de la información”, “malla virtual”, “espacio”… para abarcar de algún modo este ente.

De este modo, las definiciones de Internet se han ido conformando en un intercambio social en el que técnicos y usuarios han aportado sus concepciones personales sobre qué es la red y sobre qué puede esperarse de ella. Así, el producto cultural que es Internet se ha ido gestando desde sus orígenes, pues si al principio era un instrumento de uso bélico y restringido, los usuarios enfatizaron una de sus características secundarias, la comunicación, y la convirtieron en el centro de la red. Es decir, que Internet no sólo ha evolucionado como un producto tecnológico, sino también como un constructo social y cultural:

La mitología según la cual en Internet se puede manifestar una mente colectiva indistinguible de Dios subyace en gran parte de los nuevos cultos. El lenguaje de moda para expresar estas ideas procede de la ciencia-ficción. No es raro: éste es el género literario que exploró e incluso anticipó muchas de las innovaciones que se disfrutan en la era digital. En su libro Techgnosis, el gurú de la cibercultura Erik Davissostiene que los tecnófilos son firmes candidatos a creer que la Red refleja “el alma profunda del ser”. Para los nuevos místicos, la Red sería el eslabón perdido,la vía regia para acceder a un espacio donde se fusionan la mente y el espíritu de millones de individuos capaces de crear “una criatura espiritualmente superior”. Davis calcula que sólo en los EE.UU. existen entre 100 y 300 mil almas que adhieren al credo tecnopagano (Davis, 1998).


martes, 7 de julio de 2026

el fin del mundo: la lloradera de los hombres

 lo más fácil siempre, es imaginar el fin del mundo since nos inventamos el inicio y nos sirve para caminar, el final está dictado

cuando una se comprende como fuerza creadora, y no lo exagero ni presumo por ser mujer, todos podemos crear...

no somos seguidores de nuestras historias, 
quiza lo más dañino sea en si la concepción de la Historia

Historia era mi clase favorita en la primaria, me acostaba en el mesabanco lleno de grabado en punta de lapicero a imaginar como le cortaban la cabeza a unos tipos y las ponian en las esquinas de un edificio
ninguna de esas historias tenian nada que ver conmigo


miércoles, 10 de junio de 2026

 como si el mundo no fuera más que ese instante improbable en que dos soledades se reconocen

y se sientan juntas a mirar la misma luz

aunque una esté hecha de arena

y la otra de píxeles.


La éxtasis de la comunicación

Ya no existe ningún sistema de los objetos. Mi primer libro contiene una crítica del objeto como hecho evidente, sustancia, realidad, valor de uso. Allí el objeto era tomado como signo, pero como un signo todavía cargado de significado. En esta crítica, dos lógicas principales interferían entre sí: una lógica fantasmática que remitía principalmente al psicoanálisis —sus identificaciones, proyecciones y todo el ámbito imaginario de la trascendencia, el poder y la sexualidad operando a nivel de los objetos y del entorno, con un privilegio concedido al eje casa/automóvil (inmanencia/trascendencia)—; y una lógica social diferencial que establecía distinciones remitiendo a una sociología, derivada a su vez de la antropología (el consumo como producción de signos, diferenciación, estatus y prestigio).

Detrás de estas lógicas, en cierto modo descriptivas y analíticas, ya estaba el sueño del intercambio simbólico: un sueño del estatus del objeto y del consumo más allá del intercambio y del uso, más allá del valor y de la equivalencia. En otras palabras, una lógica sacrificial del consumo, del don, del gasto (dépense), del potlatch y de la parte maldita.

De alguna manera, todo esto aún existe y, sin embargo, en otros aspectos está desapareciendo. La descripción de todo este universo íntimo —proyectivo, imaginario y simbólico— aún correspondía al estatus del objeto como espejo del sujeto, y esto a su vez a las profundidades imaginarias del espejo y de la “escena”; había una escena doméstica, una escena de interioridad, un espacio-tiempo privado (correlativo, además, a un espacio público). Las oposiciones sujeto/objeto y público/privado aún tenían sentido. Era la época del descubrimiento y la exploración de la vida cotidiana, esa otra escena que emergía a la sombra de la escena histórica, recibiendo cada vez más inversión simbólica a medida que la otra se desinvertía políticamente.

Pero hoy la escena y el espejo ya no existen; en su lugar hay una pantalla y una red. En vez de la trascendencia reflexiva del espejo y la escena, hay una superficie no reflexiva, una superficie inmanente donde se despliegan las operaciones: la superficie lisa y operativa de la comunicación.

Algo ha cambiado, y el período fáustico, prometeico (quizá edípico) de la producción y el consumo cede su lugar a la era “proteica” de las redes, a la era narcisista y proteica de las conexiones, el contacto, la contigüidad, la retroalimentación y la interfaz generalizada que acompaña al universo de la comunicación. Con la imagen televisiva —la televisión como objeto último y perfecto de esta nueva era— nuestro propio cuerpo y todo el universo circundante se convierten en una pantalla de control.

Si se piensa bien, las personas ya no se proyectan en sus objetos con sus afectos y representaciones, sus fantasías de posesión, pérdida, duelo o celos: la dimensión psicológica, en cierto sentido, ha desaparecido, y aunque todavía pueda describirse con detalle, se percibe que no es realmente ahí donde se juegan las cosas. Roland Barthes ya lo había señalado hace tiempo a propósito del automóvil: poco a poco, una lógica de la “conducción” ha reemplazado una lógica muy subjetiva de la posesión y la proyección. Ya no hay fantasías de poder, velocidad y apropiación ligadas al objeto mismo, sino una táctica de potencialidades vinculadas al uso: dominio, control, mando, una optimización del juego de posibilidades ofrecidas por el automóvil como vector y vehículo, y no como santuario psicológico.

El propio sujeto, transformado de pronto, se convierte en una computadora al volante, y no en un demiurgo ebrio de poder. El vehículo se vuelve una especie de cápsula, su tablero el cerebro, y el paisaje circundante se despliega como una pantalla televisiva (en lugar de ser un proyectil habitable como antes).

(Pero podemos concebir una etapa más allá, en la que el automóvil siga siendo un vehículo de rendimiento, una etapa en la que se convierte en red de información. El famoso automóvil japonés que te habla, que te informa “espontáneamente” de su estado general e incluso del tuyo, que incluso puede negarse a funcionar si tú no funcionas bien: el automóvil como consultor deliberante y compañero en la negociación general de un estilo de vida. En ese punto ya no hay diferencia con aquello a lo que estás conectado. La cuestión fundamental pasa a ser la comunicación con el propio automóvil, una prueba perpetua de la presencia del sujeto frente a sus objetos, una interfaz ininterrumpida.)

Es fácil ver que, a partir de ese punto, la velocidad y el desplazamiento dejan de importar. Tampoco importan la proyección inconsciente, la competencia individual o social ni el prestigio. El automóvil, de hecho, comenzó a desacralizarse hace tiempo en este sentido: se acabó la velocidad —conduzco más y consumo menos. Ahora, sin embargo, es un ideal ecológico el que se instala en todos los niveles. Ya no hay gasto, consumo ni rendimiento, sino regulación, funcionalidad equilibrada, solidaridad entre todos los elementos del mismo sistema, control y gestión global de un conjunto. Cada sistema, incluido sin duda el universo doméstico, forma una especie de nicho ecológico donde lo esencial es mantener un decorado relacional: todos los términos deben comunicarse continuamente entre sí, mantenerse en contacto, informarse del estado respectivo de los otros y del sistema en su conjunto; donde la opacidad, la resistencia o el secreto de un solo elemento puede llevar a la catástrofe.

“Telemática” privada: cada persona se ve a sí misma en los controles de una máquina hipotética, aislada en una posición de soberanía perfecta y remota, a una distancia infinita de su universo de origen. Es decir, en la posición exacta de un astronauta en su cápsula, en un estado de ingravidez que exige un vuelo orbital permanente y una velocidad suficiente para no caer de nuevo a su planeta de origen.

Esta realización de un satélite viviente, in vivo en un espacio cotidiano, corresponde a la satelitización de lo real, o a lo que llamo el “hiperrealismo de la simulación”: la elevación del universo doméstico a potencia espacial, a metáfora espacial, con la satelitización del departamento estándar puesto en órbita en el último módulo lunar. La propia cotidianidad del hábitat terrestre, hipostasiada en el espacio, significa el fin de la metafísica. Comienza ahora la era de la hiperrealidad. Es decir: lo que antes se proyectaba psicológica y mentalmente, lo que se vivía en la tierra como metáfora o escena mental, se proyecta ahora en la realidad, sin metáfora alguna, en un espacio absoluto que es también el de la simulación.

Esto es solo un ejemplo, pero señala en conjunto el paso a la órbita, como modelo orbital y ambiental, de nuestra propia esfera privada. Ya no es una escena donde se representa la interioridad dramática del sujeto, comprometido con sus objetos como con su imagen. Estamos ahora en los controles de un microsatélite, en órbita, viviendo no ya como actores o dramaturgos, sino como terminales de múltiples redes. La televisión es aún la prefiguración más directa de esto. Pero hoy es el propio espacio de la vivienda el que se concibe como receptor y distribuidor, como espacio de recepción y de operaciones, pantalla de control y terminal que puede estar dotada de poder telemático, es decir, de la capacidad de regular todo a distancia: el trabajo en casa, el consumo, el juego, las relaciones sociales y el ocio. Se vuelven concebibles simuladores de ocio o de vacaciones en el hogar, como los simuladores de vuelo para pilotos.

Aquí estamos lejos de la sala de estar y cerca de la ciencia ficción. Pero una vez más hay que ver que todos estos cambios —las mutaciones decisivas de los objetos y del entorno en la era moderna— provienen de una tendencia irreversible hacia tres cosas: una abstracción formal y operativa cada vez mayor de los elementos y funciones, y su homogeneización en un único proceso virtual de funcionalización; el desplazamiento de los movimientos y esfuerzos corporales hacia comandos eléctricos o electrónicos; y la miniaturización, en el tiempo y el espacio, de procesos cuya escena real (aunque ya no sea una escena) es la de una memoria infinitesimal y la pantalla que los equipa.

Sin embargo, aquí hay un problema: esta “encefalización” electrónica y miniaturización de los circuitos y la energía, esta transistorización del entorno, relega a la inutilidad total, a la obsolescencia y casi a la obscenidad todo lo que antes llenaba la escena de nuestras vidas. Es bien sabido cómo la simple presencia de la televisión transforma el resto del hábitat en una especie de envoltura arcaica, un vestigio de relaciones humanas cuya propia supervivencia resulta desconcertante. En cuanto esta escena deja de estar habitada por sus actores y sus fantasías, en cuanto el comportamiento se cristaliza en ciertas pantallas y terminales operativas, lo que queda aparece como un gran cuerpo inútil, desierto y condenado. La realidad misma aparece como un gran cuerpo inútil.

Es el tiempo de la miniaturización, del telemando y del microprocesamiento del tiempo, los cuerpos y los placeres. Ya no hay ningún principio ideal para estas cosas a un nivel superior, a escala humana. Solo quedan efectos concentrados, miniaturizados y disponibles de inmediato. Este paso de la escala humana a un sistema de matrices nucleares es visible en todas partes: este cuerpo, nuestro cuerpo, aparece a menudo simplemente superfluo, básicamente inútil en su extensión, en la multiplicidad y complejidad de sus órganos, tejidos y funciones, puesto que hoy todo se concentra en el cerebro y en los códigos genéticos, que por sí solos resumen la definición operativa del ser.

El campo, el inmenso campo geográfico, parece un cuerpo desierto cuya extensión y dimensiones resultan arbitrarias (y aburridas de atravesar incluso si se abandona la autopista), desde el momento en que todos los acontecimientos se condensan en las ciudades, ellas mismas reducidas a unos pocos puntos miniaturizados. Y el tiempo: ¿qué decir de ese inmenso tiempo libre que se nos deja, una dimensión en adelante inútil en su despliegue, desde que la instantaneidad de la comunicación ha miniaturizado nuestros intercambios en una sucesión de instantes?...

Así, el cuerpo, el paisaje y el tiempo desaparecen progresivamente como escenas. Y lo mismo ocurre con el espacio público: el teatro de lo social y el teatro de la política se reducen cada vez más a un gran cuerpo blando con múltiples cabezas.

La publicidad, en su nueva versión —que ya no es un escenario más o menos barroco, utópico o extático de objetos y consumo, sino el efecto de una visibilidad omnipresente de empresas, marcas, interlocutores sociales y de las virtudes sociales de la comunicación— invade todo, al mismo tiempo que desaparece el espacio público (la calle, el monumento, el mercado, la escena). La publicidad se realiza —o, si se prefiere, se materializa— en toda su obscenidad; monopoliza la vida pública en su exhibición.

Ya no limitada a su lenguaje tradicional, la publicidad organiza la arquitectura y la realización de super-objetos como Centre Pompidou y el Forum des Halles, así como de proyectos futuros (por ejemplo, el Parc de la Villette), que son monumentos (o anti-monumentos) a la publicidad, no porque estén orientados al consumo, sino porque se proponen inmediatamente como demostraciones anticipadas del funcionamiento de la cultura, las mercancías, el movimiento de masas y los flujos sociales.

Esta es nuestra única arquitectura hoy: grandes pantallas en las que se reflejan átomos, partículas, moléculas en movimiento. Ya no hay escena pública ni verdadero espacio público, sino gigantescos espacios de circulación, ventilación y conexiones efímeras.

Lo mismo ocurre con el espacio privado. De manera sutil, esta pérdida del espacio público ocurre simultáneamente con la pérdida del espacio privado. Uno ya no es espectáculo; el otro ya no es secreto. Su oposición distintiva —la diferencia clara entre exterior e interior— describía con precisión la escena doméstica de los objetos, con sus reglas de juego y límites, y la soberanía de un espacio simbólico que era también el del sujeto.

Ahora esta oposición se borra en una especie de obscenidad donde los procesos más íntimos de nuestra vida se convierten en material virtual para los medios (la familia Loud en Estados Unidos, las innumerables escenas de vida campesina o patriarcal en la televisión francesa). Inversamente, todo el universo viene a desplegarse arbitrariamente en la pantalla doméstica (toda la información inútil que nos llega del mundo entero, como una pornografía microscópica del universo, inútil, excesiva, como el primer plano sexual en una película pornográfica): todo esto hace estallar la escena antes preservada por la mínima separación entre lo público y lo privado, la escena que se desarrollaba en un espacio restringido, según un ritual secreto conocido solo por los actores.

Ciertamente, este universo privado era alienante en la medida en que te separaba de los otros o del mundo, donde funcionaba como un recinto protector, un protector imaginario, un sistema de defensa. Pero también obtenía los beneficios simbólicos de la alienación, que consisten en que el Otro existe y que la alteridad puede engañarte para bien o para mal. Así, la sociedad de consumo vivía también bajo el signo de la alienación, como sociedad del espectáculo.

Pero precisamente: mientras hay alienación, hay espectáculo, acción, escena. No hay obscenidad —el espectáculo nunca es obsceno. La obscenidad comienza precisamente cuando ya no hay espectáculo, cuando ya no hay escena, cuando todo se vuelve transparencia y visibilidad inmediata, cuando todo queda expuesto a la luz dura e inexorable de la información y la comunicación.

Ya no formamos parte del drama de la alienación; vivimos en el éxtasis de la comunicación. Y este éxtasis es obsceno. Lo obsceno es aquello que elimina todo espejo, toda mirada, toda imagen. Lo obsceno pone fin a toda representación.

Pero no es solo lo sexual lo que se vuelve obsceno en la pornografía; hoy existe toda una pornografía de la información y la comunicación, es decir, de los circuitos y las redes: una pornografía de todas las funciones y objetos en su legibilidad, su fluidez, su disponibilidad, su regulación, en su significación forzada, en su performatividad, en su ramificación, en su polivalencia, en su libre expresión…

Ya no se trata entonces de la obscenidad tradicional de lo oculto, lo reprimido, lo prohibido o lo oscuro; al contrario, es la obscenidad de lo visible, de lo demasiado visible, de lo más visible que lo visible. Es la obscenidad de lo que ya no tiene secreto, de lo que se disuelve completamente en la información y la comunicación.

Karl Marx expuso y denunció la obscenidad de la mercancía, y esta obscenidad estaba ligada a su equivalencia, al principio abyecto de la libre circulación, más allá de todo valor de uso del objeto. La obscenidad de la mercancía proviene de que es abstracta, formal y ligera, en oposición al peso, la opacidad y la sustancia del objeto.

La mercancía es legible: a diferencia del objeto, que nunca abandona completamente su secreto, la mercancía manifiesta siempre su esencia visible, que es su precio. Es el lugar formal de transcripción de todos los objetos posibles; a través de ella, los objetos se comunican. Por ello, la forma mercancía es el primer gran medio del mundo moderno. Pero el mensaje que los objetos transmiten a través de ella ya está extremadamente simplificado, y siempre es el mismo: su valor de intercambio. En el fondo, el mensaje ya no existe; es el medio el que se impone en su pura circulación. Esto es lo que llamo (potencialmente) éxtasis.

Basta con prolongar este análisis marxista —o elevarlo a la segunda o tercera potencia— para comprender la transparencia y la obscenidad del universo de la comunicación, que deja muy atrás esos análisis relativos del universo de la mercancía. Todas las funciones abolidas en una sola dimensión: la de la comunicación. Eso es el éxtasis de la comunicación. Todos los secretos, espacios y escenas abolidos en una sola dimensión de información. Eso es la obscenidad.

La obscenidad caliente, sexual, de otros tiempos es sustituida por la obscenidad fría, comunicacional, contactual y motivacional de hoy. La primera implicaba una cierta promiscuidad, pero orgánica, como las vísceras del cuerpo, o como los objetos acumulados en un universo privado, o como todo lo no dicho que prolifera en el silencio de la represión.

A diferencia de esta promiscuidad orgánica, visceral y carnal, la promiscuidad que reina en las redes de comunicación es una saturación superficial, una solicitación incesante, una exterminación de los espacios intersticiales y protectores. Levanto el auricular del teléfono y todo está ahí: toda la red marginal me atrapa y me acosa con la insoportable buena fe de todo lo que quiere y pretende comunicar.

La radio libre: habla, canta, se expresa. Muy bien, es la obscenidad simpática de su contenido. En cada medio ocurre algo similar: un espacio —por ejemplo, la banda FM— se satura, las emisoras se superponen y se mezclan (hasta el punto de que a veces ya no comunican nada). Algo que era libre por el espacio deja de serlo. El habla es libre, quizá, pero yo soy menos libre que antes: ya no logro saber qué quiero, el espacio está tan saturado, la presión es tan grande de todos los que quieren hacerse oír. Caigo en el éxtasis negativo de la radio.

Existe, en efecto, un estado de fascinación y vértigo ligado a este delirio obsceno de la comunicación. Quizá una forma singular de placer, pero aleatoria y vertiginosa. Si seguimos a Roger Caillois en su clasificación de los juegos —de expresión (mimicry), de competencia (agon), de azar (alea), de vértigo (ilinx)—, toda la tendencia de nuestra “cultura” contemporánea nos llevaría desde la desaparición relativa de las formas de expresión y competencia hacia la primacía de las formas de riesgo y vértigo.

Estas ya no implican juegos de escena, espejo, desafío y dualidad; son, más bien, extáticas, solitarias y narcisistas. El placer ya no es el de la manifestación escénica y estética, sino el de la pura fascinación, aleatoria y psicotrópica. Esto no implica necesariamente un juicio negativo: aquí hay, sin duda, una mutación profunda y original de las formas mismas de percepción y placer. Aún medimos mal sus consecuencias. Al intentar aplicar nuestros viejos criterios y los reflejos de una sensibilidad “escénica”, probablemente malinterpretamos lo que puede estar ocurriendo: algo nuevo, extático y obsceno.

Una cosa es segura: la escena nos excita, lo obsceno nos fascina. Con la fascinación y el éxtasis, la pasión desaparece. Inversión, deseo, pasión, seducción —o, según Caillois, expresión y competencia—: el universo caliente. Éxtasis, obscenidad, fascinación, comunicación —o, según Caillois, azar y vértigo—: el universo frío (incluso el vértigo es frío, en particular el psicodélico de las drogas).

En cualquier caso, tendremos que soportar este nuevo estado de cosas: esta extroversión forzada de toda interioridad, esta inyección forzada de toda exterioridad que el imperativo categórico de la comunicación significa literalmente.

Aquí también pueden utilizarse las viejas metáforas de la patología. Si la histeria era la patología de la escenificación exacerbada del sujeto, una patología de la expresión, de la conversión teatral y operática del cuerpo; y si la paranoia era la patología de la organización, de la estructuración de un mundo rígido y celoso; entonces, con la comunicación y la información, con la promiscuidad inmanente de estas redes y sus conexiones continuas, estamos ahora en una nueva forma de esquizofrenia.

Ya no hay histeria, ni paranoia proyectiva propiamente dicha, sino este estado de terror propio del esquizofrénico: una proximidad excesiva de todo, la promiscuidad impura de todo lo que toca, invade y penetra sin resistencia, sin ningún halo de protección privada, ni siquiera su propio cuerpo para protegerlo.

El esquizofrénico está despojado de toda escena, abierto a todo a pesar de sí mismo, viviendo en la mayor confusión. Él mismo es obsceno, presa obscena de la obscenidad del mundo. Lo que lo caracteriza no es tanto la pérdida de lo real, ni una lejanía de años luz respecto a lo real, ni la distancia radical, como suele decirse; sino, por el contrario, la proximidad absoluta, la instantaneidad total de las cosas, la sensación de no tener defensa, ni retirada posible.

Es el fin de la interioridad y de la intimidad: la sobreexposición y la transparencia de un mundo que lo atraviesa sin obstáculo. Ya no puede producir los límites de su propio ser, ya no puede jugar ni escenificarse, ya no puede producirse como espejo. Es ahora solo una pantalla pura, un centro de conmutación para todas las redes de influencia.

Baudrillard, J. (1988). The ecstasy of communication. En S. Lotringer (Ed.), The ecstasy of communication (pp. 11–93). Semiotext(e).

lunes, 1 de junio de 2026

sylvia wynter y E Hombre

 En el desplazamiento epistémico que conduce de la matriz teocéntrica medieval a la invención del Hombre como figura secular, Sylvia Wynter (2003) no identifica una ruptura ontológica, sino la rearticulación del “enunciado descriptivo” que define lo humano. En la episteme cristiano-latina medieval, lo humano no constituía una categoría autónoma, sino una instancia subordinada a un régimen teológico de verdad organizado por la distinción Espíritu/Carne, salvación/condena y gracia/caída. Este orden operaba como dispositivo de inteligibilidad del mundo y de producción de subjetividad, articulando simultáneamente conocimiento, existencia y jerarquía.

La transición hacia la modernidad no elimina esta estructura, sino que la resemantiza mediante la sustitución del fundamento sobrenatural por la figura del Hombre como sujeto raciocéntrico. El lugar previamente ocupado por Dios como principio organizador es reocupado por una forma de subjetividad que se presenta como universal, pero que corresponde a una particularidad histórica: el sujeto europeo, secularizado y portador de la razón como criterio de validación epistémica. Así, el Hombre no emerge como categoría neutral, sino como sobre-representación que universaliza una localización específica del ser humano (Wynter, 2003).

Este desplazamiento implica una mutación en la causalidad ontológica: la voluntad divina es sustituida por la naturaleza como sistema autónomo de leyes, pero la jerarquía no desaparece, sino que se naturaliza. La razón se convierte en nuevo principio de diferenciación entre lo plenamente humano y sus formas deficitarias, reubicando la lógica de la salvación en términos de racionalidad, progreso y adecuación cognitiva al mundo.

Wynter (2003) denomina este proceso como la emergencia de la sobre-representación del Hombre, en la que un modelo específico de ser humano se instituye como norma global de lo humano. Esta operación no es solo epistemológica, sino constitutiva de la colonialidad del ser/poder/verdad, al producir simultáneamente un régimen de inteligibilidad y una jerarquización de las formas de existencia.

En este sentido, la transformación del valor divino del hombre hacia su configuración como sujeto intelectual no constituye una emancipación lineal, sino una reconfiguración del dispositivo de legitimación ontológica. El Hombre no sustituye simplemente a Dios, sino que reocupa su función estructural como principio organizador de lo humano (Wynter, 2003).


Wynter, Sylvia. (2003). Unsettling the Coloniality of Being/Power/Truth/Freedom: Towards the Human,

After Man, Its Its Overrepresentation--An Argument. Michigan State University Press.








viernes, 29 de mayo de 2026

Metodología proyectual

 Metodología proyectual 


En cualquier libro de cocina se encuentran todas las indicaciones necesarias para preparar un determinado plato. Estas indicaciones pueden ser muy someras, para las personas familiarizadas con esta labor; o más pormenorizadas en las indicaciones de cada operación particular, para quienes no tienen tanta práctica. A veces, además de indicar la serie de las operaciones necesarias y su orden lógico, llegan al extremo de aconsejar incluso el tipo de recipiente más apropiado para aquel plato y el tipo de fuente de calor que conviene usar. El método proyectual consiste simplemente en una serie de operaciones necesarias, dispuestas en un orden lógico dictado por la experiencia. Su finalidad es la de conseguir un máximo resultado con el mínimo esfuerzo. Proyectar un arroz verde o una cazuela para cocinar dicho arroz, exige la utilización de un método que ayude a resolver el problema. Lo importante, en los dos casos mencionados, es que las operaciones necesarias sean hechas siguiendo el orden dictado por la experiencia. No se puede, en el caso del arroz, echar el arroz a la cazuela sin haber echado antes el agua; o bien sofreír el jamón y la cebolla después de haber cocido el arroz, o bien cocer el arroz, la cebolla y las espinacas todo junto. El proyecto de arroz verde en este caso será un fracaso y habrá que tirarlo a la basura. En el campo del diseño tampoco es correcto proyectar sin método, pensar de forma artística buscando en seguida una idea sin hacer previamente un estudio para documentarse sobre lo ya realizado en el campo de lo que hay que 18 proyectar; sin saber con qué materiales construir la cosa, sin precisar bien su exacta función. Hay personas que frente al hecho de tener que observar reglas para hacer un proyecto, se sienten bloqueadas en su creatividad. ¿En qué queda entonces la personalidad?, se preguntan. ¿Nos estamos volviendo todos locos? ¿Todos robots? ¿Todos nivelados, todos iguales? Y empiezan desde cero a reconstruir la experiencia necesaria para proyectar bien. Les costará bastante llegar a entender que algunas cosas hay que hacerlas primero y otras después. Malgastarán mucho tiempo en corregir los errores que no habrían cometido de haber seguido un método proyectual ya experimentado. Creatividad no quiere decir improvisación sin método: de esta forma sólo se genera confusión y los jóvenes se hacen ilusiones de ser artistas libres e independientes. La serie de operaciones del método proyectual obedece a valores objetivos que se convierten en instrumentos operativos en manos de proyectistas creativos. ¿Cómo se reconocen los valores objetivos? Son valores reconocidos por todos como tales. Por ejemplo, si yo afirmo que mezclando el color amarillo limón con el azul turquesa, se obtiene un verde, tanto si se emplean pinturas al temple, al óleo a acrílicas, como rotuladores, o pasteles; estoy afirmando un valor objetivo. No se puede decir: para mí el verde se consigue mezclando el rojo con el marrón. En este caso sale un rojo sucio, aunque aún así, un testarudo podrá decir que para él aquello es un verde, pero lo será sólo para él y no para todos los demás. El método proyectual para el diéeñador no es algo absoluto y definitivo; es algo modificable si se encuentran otros valores objetivos que mejoren el proceso. Y este hecho depende de la creatividad del proyectista que, al aplicar el método, puede descubrir algo para mejorarlo. En consecuencia, las reglas del método no bloquean la personalidad del proyectista sino, que, al contrario, le estimulan a descubrir algo que, eventualmente, puede resultar útil también a los demás. Desdichadamente una forma 19 de proyectar muy común en nuestras escuelas es la de incitar a los alumnos a encontrar nuevas ideas, como si cada vez hubiera que inventarlo todo desde el principio. Obrando de este modo no se les facilita a los jóvenes una disciplina profesional, sino que se les desorienta, con lo que cuando salgan de la escuela se verán ante grandes dificultades en el trabajo que hayan elegido. Por eso conviene ahora establecer ya una distinción entre el proyectista profesional, que tiene un método proyectual, gracias al cual desarrolla su trabajo con precisión y seguridad, sin pérdidas de tiempo; y el proyectista romántico, que tiene una idea "genial" y que intenta obligar a la técnica a realizar algo extraordinariamente dificultoso, costoso y poco práctico, aunque bello. Dejemos pues de lado a este segundo tipo de proyectistas que, por otra parte, i no acepta consejos ni ayudas de nadie!, y ocupémonos del método profesional de proyectación del diseñador.


Bruno Munari. (2004). ¿Cómo nacen los objetos? Apuntes para una metodología proyectual (C. Artal Rodríguez, Trad.; 10.ª tirada). Editorial Gustavo Gili. (Obra original publicada en 1981).