mexican girl dying x thomas
CAROLINA VILLANUEVA LUCERO
Bitácora de producción
miércoles, 18 de marzo de 2026
lunes, 16 de marzo de 2026
martes, 10 de marzo de 2026
El realismo especulativo, desarrollado por Quentin Meillassoux a partir de 2006 con su libro Après la finitude, es una corriente filosófica que busca pensar la realidad independientemente de la percepción humana, cuestionando la idea de que solo conocemos lo que experimentamos. Por ejemplo, plantea preguntas como: “¿Qué leyes de la física existirían si no hubiera conciencia humana?” Su interés es ontológico y abstracto, especulando sobre lo que podría existir más allá del humano.
Por su parte, la fabulación especulativa, propuesta por Donna Haraway a partir de la década de 1980, es un método narrativo, ético y creativo. A través de historias, ficciones y mundos posibles, se exploran relaciones entre humanos, animales, máquinas y ecosistemas. La fabulación especulativa no se limita a pensar la realidad, sino que imagina cómo podrían organizarse las relaciones de manera distinta, combinando ética, política y tecnología.
En resumen, mientras el realismo especulativo surge en el siglo XXI con Meillassoux y se centra en la existencia independiente de la conciencia humana, la fabulación especulativa de Haraway busca crear mundos imaginativos que nos permitan repensar nuestras relaciones y responsabilidades.
Cecilia Vicuña
Artista y poeta chilena cuyo trabajo mezcla cosmovisiones andinas, ecología y política.
Sus instalaciones con hilos, tejidos y quipus imaginan redes de conexión entre:
humanos
naturaleza
memoria indígena
territorio
Aunque no siempre se nombra así, su obra funciona como fabulación especulativa, porque propone imaginar otras relaciones con la tierra y la historia.
Carolina Caycedo
Artista colombiana que trabaja con ríos, territorios y comunidades.
En su serie Cosmotarrayas, transforma redes de pesca en esculturas que imaginan nuevas cosmologías del agua y del territorio.
Su trabajo mezcla:
activismo ambiental
mitologías indígenas
especulación sobre futuros ecológicos
Adriana Bustos
Artista argentina que trabaja con mapas, archivos y narrativas históricas.
Sus dibujos e instalaciones crean cartografías imaginarias donde se mezclan:
historia colonial
ciencia
naturaleza
ficción
Con esto propone otras formas de narrar el mundo y la historia.
Tabita Rezaire
Artista de nuevos medios que mezcla internet, espiritualidad, ciencia ficción y pensamiento decolonial.
Su trabajo imagina conexiones entre:
tecnología digital
cosmologías africanas
ecología
espiritualidad
Se relaciona con corrientes como el afrofuturismo, que también es una forma de fabulación especulativ
tecnologías de conocimiento
El wampum de los pueblos del noreste de Norteamérica y el khipu de los Andes son ejemplos de cómo las sociedades han desarrollado tecnologías de conocimiento antes de la escritura alfabética o la digitalización. Ambos sistemas utilizan materiales simples —conchas en el caso del wampum, cuerdas y nudos en el khipu— para registrar información vital sobre relaciones sociales, memoria colectiva y organización política.
Mientras el wampum servía para documentar acuerdos, genealogías y tratados, funcionando como un archivo material y diplomático, el khipu registraba censos, tributos y datos administrativos, constituyendo una forma de base de datos numérica y simbólica. En los dos casos, la información no existe separada de las relaciones sociales: los cinturones de wampum y los nudos de khipu son portadores de autoridad, memoria y vínculos comunitarios.
Estos ejemplos muestran que la tecnología no necesita ser electrónica o mecánica para organizar conocimiento; puede ser una práctica profundamente relacional y situacional, uniendo objetos, personas y comunidades. Por eso investigadores contemporáneos y teóricas como Marilyn Strathern y Donna Haraway encuentran en ellos inspiración para pensar la tecnología como red de relaciones más que como herramienta aislada. En otras palabras, tanto wampum como khipu nos recuerdan que el conocimiento siempre está tejido con la vida social, y que los objetos pueden ser mediadores activos de memoria y poder.
Qué significa “tecnología apropiada
La teoría de la tecnología apropiada fue desarrollada principalmente por el economista E. F. Schumacher y aparece de forma clara en su libro Small Is Beautiful publicado en 1973. Esta propuesta surge como una crítica al modelo de desarrollo industrial dominante, especialmente al tipo de tecnología que se expandió después de la Segunda Guerra Mundial.
Schumacher observaba que muchas tecnologías industriales estaban diseñadas para grandes economías, grandes capitales y producción masiva, pero cuando se trasladaban a contextos rurales o a países en desarrollo producían efectos problemáticos: dependencia económica, desempleo, destrucción ambiental y pérdida de conocimientos locales.
Por eso propuso la idea de “tecnología apropiada”.
Qué significa “tecnología apropiada”
Para Schumacher, una tecnología es apropiada cuando se adapta al contexto social, económico y ecológico donde se utiliza. No se trata de usar siempre la tecnología más avanzada, sino la que mejor responde a las necesidades de una comunidad.
La tecnología apropiada suele tener algunas características clave:
Escala pequeña
Está pensada para comunidades o grupos locales, no para producción masiva global.
Bajo costo
Puede construirse o mantenerse sin depender de grandes inversiones.
Facilidad de reparación
Las personas que la usan pueden entenderla, mantenerla y repararla.
Uso de recursos locales
Aprovecha materiales y conocimientos disponibles en el territorio.
Impacto ambiental reducido
Busca minimizar el daño ecológico.
Schumacher llamaba a esto también “tecnología intermedia”, porque se sitúa entre dos extremos: la tecnología tradicional muy básica y la tecnología industrial altamente compleja.
¿Los términos High-tech, Low-tech y No-tech tienen autor?
En realidad no tienen un solo autor claro. Son términos que surgieron de manera gradual en distintos campos (ingeniería, cultura tecnológica, diseño, ecología). Con el tiempo se volvieron categorías analíticas usadas para describir tipos de tecnología, más que conceptos teóricos creados por una sola persona.
High-tech
El término high-tech empezó a popularizarse en los años 60 y 70 para describir tecnologías muy avanzadas, especialmente en industrias como:
-
informática
-
electrónica
-
aeroespacial
-
telecomunicaciones
También aparece en arquitectura con el estilo llamado high-tech architecture, asociado a arquitectos como Richard Rogers y Norman Foster, donde se muestran estructuras tecnológicas visibles (tubos, acero, sistemas mecánicos).
El término se volvió común en medios y economía para referirse a industrias tecnológicas avanzadas.
Low-tech
Low-tech surge después como un término comparativo. No tiene un autor único, pero su desarrollo está muy influenciado por ideas como:
-
la tecnología apropiada de E. F. Schumacher
-
movimientos de sostenibilidad
-
diseño ecológico
-
cultura DIY
Hoy existe incluso un proyecto muy influyente llamado Low‑tech Lab que documenta tecnologías simples y reparables.
No-tech
No-tech tampoco tiene autor específico. Surge en debates contemporáneos sobre sostenibilidad y diseño para cuestionar algo más profundo:
si un problema realmente necesita tecnología o si puede resolverse cambiando prácticas sociales.
Se usa mucho en arquitectura bioclimática, diseño sostenible y decrecimiento.
En resumen:
-
High-tech → tecnología avanzada y compleja
-
Low-tech → tecnología simple, accesible y sostenible
-
No-tech → soluciones sin tecnología o con mínima intervención técnica
Son más bien categorías culturales y críticas, no teorías formalizadas.
miércoles, 4 de marzo de 2026
https://interfacecritique.net/book/olia-lialina-from-my-to-me/
INTERFACECRITIQUE
Examinando las condiciones y contingencias de los aparatos y las aplicaciones
SOBRE
DE MI (MY) A MÍ (ME)
Olia Lialina
“Mí” es barato. “Mí” es fácil de controlar. “Mí” es fácil de canalizar. “Mí” es esclavo de su propio reflejo. “Mí” es esclavo de las plataformas que hacen ese reflejo brillante. “Mí” es dato. “Mí” es dato cercano al metadato. Esto hace que “Mí” sea perfecto para satisfacer a los anunciantes y alimentar a las redes neuronales.
Este artículo desarrolla afirmaciones que he hecho recientemente en charlas y textos sobre la WWW, el diseño web y los sitios personales, así como las incluidas en este volumen. Como el editor (y probablemente también los lectores) notó, cada vez que busco contraejemplos a los nuevos productos de medios creados bajo el cruel e hipócrita paradigma UX, termino evocando un sitio web —o más precisamente, un sitio de un género particular—: “el GeoCities de los 90”.
Esta selectividad es intencional. Como conservadora e investigadora del archivo One Terabyte of Kilobyte Age, estoy rodeada de sitios GeoCities construidos y abandonados por webmasters amateurs entre 1995 y 2009. Los sitios amateurs son centrales en mi argumento porque constituyen el corpus del archivo y de mi investigación sobre la historia de la web. Este enfoque no es accidental: se desarrolla a partir de la tesis de que las páginas personales son el núcleo conceptual y estructural de la WWW
.
Su aparición fue accidental, su tiempo breve, su valor e influencia minimizados; fueron borradas u ocultadas. Y dado que esta arrogancia de la industria IT y de los círculos de Interacción Humano-Computadora no fue accidental —sino que respondió al llamado de la “computadora invisible”, cuyo instrumento central es alienar a los usuarios de su medio— elegí argumentar lo contrario e ilustrarlo con artefactos que destacan momentos en la historia del medio en que sus usuarios estaban en el poder.
La elección de la palabra “momentos” y el uso del pasado también son intencionales. El hecho de que el tiempo de las páginas personales haya terminado es evidente. Lo que la nostalgia actual por la web temprana (“netstalgia”) oculta es que nunca hubo realmente un “tiempo” para ellas.
Así como nunca existió un período Web 1.0 en sí mismo. Primero, el término es retrospectivo. Y segundo: la afirmación de marketing Web 2.0 hecha en Silicon Valley en 2004 sobre el futuro de la web no debería definir los diez años anteriores como si fueran homogéneos o su opuesto. No hubo un corte “2.0” que dejara atrás ciertos contenidos y formas —como los sitios personales—.
Tampoco hubo una evolución “natural” que hiciera que la gente dejara de construir sus páginas personales. La profesionalización o el internet más rápido —razones frecuentemente citadas— podrían haber producido lo contrario: una tradición más rica y luminosa de personas construyendo sus propios ciberhogares.
Nunca hubo un momento en la historia de la web en que construir tu hogar fuera celebrado por líderes de opinión. La idea de invertir tiempo en construir tus propios rincones del ciberespacio fue suprimida sin piedad por proveedores de hosting y “padres” de Internet.
La frase sarcástica:
“Pueden llamarla página de inicio, pero es más como el gnomo en el jardín delantero de alguien”
no fue dicha por algún profeta de redes sociales ni por un Zuckerberg o Dorsey metafórico, sino por el propio Tim Berners-Lee, tan temprano como en 1996 —año que solemos considerar la edad dorada de las páginas amateurs.
Tengo varias sugerencias para quienes decidan hacer su página en la tercera década del siglo XXI. La mayoría aparecerán al final, pero hay una que quiero hacer ahora mismo:
No veas hacer tu propia página como nostalgia. No participes en la tendencia netstálgica. Lo que haces es una declaración, un acto de emancipación. Continúas una tradición de liberación de 25 años.
Comprender la historia de la Web
Para entender la historia de la web y el papel de sus usuarios, debemos reconocer que quienes construyeron hogares, mundos, criptas, guaridas, universos y dimensiones estaban desafiando la arquitectura y los protocolos (en sentido figurado). Secuestraron la primera página de inicio del navegador y desarrollaron ese concepto en otra dirección.
Un usuario construyendo, mudándose y tomando control de un territorio nunca fue el plan. Fue una práctica subversiva, incluso en 1995.
Tim Berners-Lee afirmó que la página personal no era realmente un “hogar”, sino más bien un espacio exhibicionista, un cartel público. Él pedía herramientas más fluidas y conectadas. Sin embargo, esas herramientas terminaron materializándose como LiveJournal, Friendster, Facebook y otras plataformas que enseñaron a los usuarios que su papel no era construir, sino conectarse y entregar contenido.
Ridiculizar a los amateurs
Desde 1996, las páginas personales fueron objeto de burla. Manuales como Creating Killer Web Sites, Web Pages That Suck o Taking Your Talent to the Web criticaban animaciones de sangre goteante, textos parpadeantes, logos 3D, fondos ruidosos.
Se protegió a Internet de combinaciones de colores “incorrectas”, del sonido de fondo molesto y del <marquee>. Pero a largo plazo, eso fue el inicio del fin del diseño web como profesión significativa.
En 2016, Vincent Flanders escribió:
“En 2016 el diseño web es lo que Google quiere que sea.”
Más cierto aún en 2020.
El fin del diseñador web
Ya no hay diseñadores web. Hay diseñadores gráficos y desarrolladores, front-end y back-end. La web dejó de ser vista como medio y pasó a ser tecnología subyacente.
Hoy la mayoría de apps móviles, señalización digital e instalaciones están construidas con HTML, CSS y JavaScript, pero como navegadores en modo kiosco. Invisibles.
Trayectorias: De “My” a “Me”
Otra trayectoria clave es la que va de Under Construction → Update → Upload.
Under Construction: construir la web
Update: relación complicada con la web
Upload: alimentar formularios con contenido
También propone seguir la trayectoria de “My” a “Me”.
“My” implicaba posesión activa:
mi sitio, mi mundo, mi espacio, mi universo, mi colección.
“Me” es otra cosa:
solo yo, mi reflejo, mi perfil, mi historia.
El punto culminante de esa transición fue la portada de Time de 2006 (“Person of the Year: You”). Tú, el usuario, celebrado —pero convertido en productor gratuito de datos.
“My” era peligroso.
“Me” es perfecto.
“Mí” es barato.
“Mí” es controlable.
“Mí” es canalizable.
“Mí” es esclavo de su reflejo.
“Mí” es dato.
Dato cercano al metadato.
Perfecto para anunciantes y redes neuronales.
¿Qué hacer?
No colaborar.
No publicar donde no puedas convertir tu texto en hipertexto.
No subir imágenes donde no puedas enlazarlas.
No aceptar timelines algorítmicos.
Haz una página web.
Enlaza a otros que también tengan una.
Pero el mayor desafío no es solo abandonar plataformas:
es abandonar la idea de que “Mí” debe ser el centro.
No lleves el “Me” impuesto a nuevos espacios.
Contaminará incluso las mejores iniciativas.
martes, 3 de marzo de 2026
Epistemologías situadas en tiempos de crisis: cuerpo, tecnología y responsabilidad
Epistemologías situadas en tiempos de crisis: cuerpo, tecnología y responsabilidad
El presente se percibe como un momento de bifurcación. No se trata únicamente de una crisis económica o política, sino de una crisis civilizatoria que atraviesa las formas mismas en que comprendemos el mundo y producimos conocimiento sobre él. La modernidad capitalista se ha presentado como totalidad, como único horizonte posible, organizando no solo la economía sino también la subjetividad, el deseo y el tiempo. En ese marco, pensar críticamente no es un gesto académico aislado, sino una necesidad histórica.
Las epistemologías feministas emergen en este terreno ampliado de la crítica. No cuestionan solo contenidos, sino la estructura misma del conocer. Sandra Harding propone una objetividad fuerte que obliga a reconocer que todo conocimiento está situado. No existe mirada sin posición. No existe análisis sin implicación. La supuesta neutralidad de la ciencia ha ocultado durante siglos relaciones de poder, jerarquías de género y exclusiones sistemáticas.
La modernidad construyó una dicotomía fundacional entre mente y cuerpo. La razón fue elevada como instancia suprema, mientras el cuerpo quedó asociado a lo instintivo, lo emocional, lo desbordado. Lourdes C. Pacheco advierte cómo la ciencia moderna expulsó la subjetividad y los afectos de sus criterios de validez. El cuerpo fue reducido a objeto de estudio, nunca reconocido como sujeto cognoscente. Sin embargo, esta operación no fue inocente. El orden simbólico de la modernidad capitalista, encabalgado con el patriarcado, consolidó una jerarquía donde lo racional y lo masculino dominan, y lo sensible, lo intuitivo y lo femenino son subordinados.
Somos consecuencia de un solo tipo de pensamiento, el racional. Nuestra parte intuitiva, empática, sensible ha sido sistemáticamente aplastada o deslegitimada. Hemos aprendido a desconfiar de aquello que no puede medirse o clasificarse. Y, sin embargo, el cuerpo insiste. El cuerpo siente antes de conceptualizar. Percibe antes de traducir. Habita antes de explicar.
Estudiar desde el cuerpo no significa abandonar la razón, sino reconocer que la experiencia encarnada es condición de posibilidad del conocimiento. La crisis civilizatoria actual no puede comprenderse únicamente desde categorías abstractas. El modelo productivista y depredador trata al planeta como arsenal de recursos y a las poblaciones como piezas reemplazables. Las estructuras depredadoras del capitalismo contemporáneo no solo devastan territorios, también moldean subjetividades precarizadas, volcadas al consumo y al presentismo.
En este contexto, la tecnología aparece como emblema del progreso. Sin embargo, el mito de la tecnología como progreso lineal debe ponerse en crisis. La tecnología no es neutral ni inevitable. Es extensión de un modelo de pensamiento. Si nuestras herramientas funcionan, si son útiles y eficaces, tendemos a tomar ese modelo como paradigma absoluto. Del mismo modo que concebimos el cuerpo como mecanismo, concebimos el mundo como máquina.
En el Leviatán, Thomas Hobbes se preguntaba por qué no podríamos decir que los autómatas tienen una vida artificial, si el corazón no es sino un resorte y las articulaciones ruedas que dan movimiento al cuerpo entero. Esta analogía entre cuerpo y máquina marcó profundamente la imaginación moderna. Desde entonces hemos pensado el organismo como mecanismo y, en consecuencia, hemos diseñado nuestras tecnologías como prolongaciones de ese modelo mecánico y racional.
Pero el cuerpo no es solo engranaje. También es caos, intuición, imprevisibilidad. Somos capaces de cálculo y de desborde. Sin embargo, hemos negado como sociedad y como individuos nuestro reconocimiento fuera de los sistemas que hemos creado. Desde el ego hasta la sociedad patriarcal y capitalista que habitamos, nos movemos dentro de estructuras que presentamos como naturales. Hemos incluso fabricado una réplica del mundo que observamos, y que todavía no entendemos del todo, en el ciberespacio. Allí reproducimos jerarquías, violencias y desigualdades. Somos doble, triple, múltiples veces atrapados en capas de sistemas que nosotros mismos edificamos.
En el flujo constante de información, las prácticas que requieren tiempo entran en crisis. La confianza, las promesas y la responsabilidad necesitan duración. También la observación atenta y detenida. Sin embargo, el régimen digital privilegia la aceleración. Se acumulan datos sin producir necesariamente conocimiento. Se corre dentro de la información sin alcanzar comprensión. El malfuncionamiento que pone en crisis a un sistema no siempre es visible en su eficiencia técnica, sino en su incapacidad para sostener la vida que lo atraviesa. Cuando un sistema continúa operando pero erosiona las condiciones mismas que lo hacen posible, su crisis es estructural.
Las epistemologías feministas permiten leer ese malfuncionamiento. Al recuperar el cuerpo como lugar de conocimiento, cuestionan la reducción de lo humano a engranaje productivo o consumidor de datos. Invitan a pensar desde la vida concreta, desde la experiencia situada, desde aquello que ha sido históricamente desvalorizado.
En tiempos de crisis civilizatoria, estudiar desde el cuerpo se convierte en un acto político. Significa reconocer que el conocimiento no es exterior al mundo que analiza. Que la tecnología no es simple herramienta, sino expresión de una racionalidad específica. Y que, si queremos imaginar otras formas de habitar el mundo, debemos ampliar nuestras formas de conocerlo, reincorporando la intuición, la sensibilidad y la experiencia como dimensiones legítimas del pensamiento.
Solo así la bifurcación del presente podrá abrirse hacia algo distinto y no hacia la repetición amplificada de los mismos sistemas que hoy comienzan a mostrar sus fisuras.
lunes, 23 de febrero de 2026
Contemplación
Y más que eso: no se trata únicamente del control sobre la luz, sino también del desplazamiento del tiempo de contemplación, que deja de depender del visitante y pasa a estar determinado por la propia obra. En el esquema clásico, quien observa decide cuánto tiempo permanece frente a una pieza. Puede detenerse, alejarse y regresar; la pintura continúa allí, inmóvil, sin sustraerse a la mirada.
Con las imágenes en movimiento la situación cambia: ya no se someten al ritmo del espectador. Si se deja de mirar un video, algo puede perderse. La contemplación —antes entendida como experiencia estable y disponible— se convierte en un ámbito donde la experiencia no puede repetirse en los mismos términos, donde no es posible volver exactamente al mismo punto para reencontrar lo visto. Esto ocurre incluso con mayor intensidad que en la llamada “vida real”, porque, en una visita habitual, el tiempo disponible casi nunca permite recorrer la totalidad de los videos exhibidos: su duración acumulada excede el tiempo de permanencia en el espacio.
En este sentido, la instalación de video o cine en un contexto expositivo pone en evidencia la finitud del tiempo y la distancia respecto a la fuente de luz que, en los circuitos habituales de circulación audiovisual, permanece disimulada. La película se vuelve incierta, parcialmente inaccesible, incluso opaca: su duración suele superar el tiempo medio de atención que puede dedicársele. Así emerge una diferencia en la recepción cinematográfica cuando la experiencia se desplaza del cine convencional hacia un régimen de contemplación fragmentado.
Para quien observa, esta situación abre la intuición de la infinitud del mundo. Más aún: al instaurar una diferencia en el modo de atención, la contemplación desplaza el foco desde la forma visible hacia el soporte material oculto y hacia la temporalidad propia de cada obra.
Lo nuevo no opera aquí como representación de lo otro ni como avance hacia una progresiva clarificación, sino como recordatorio de que lo oculto permanece oculto, de que la frontera entre lo real y lo simulado sigue siendo ambigua, de que la duración de las cosas es siempre vulnerable y de que la duda sobre su naturaleza interna es irreductible. Dicho de otro modo, la contemplación introduce la posibilidad de lo sublime en el ámbito de lo banal. Como afirma la célebre sentencia bíblica, no hay nada nuevo bajo el sol. Y, sin embargo, incluso dentro de esa afirmación puede surgir una diferencia inesperada.
domingo, 11 de enero de 2026
*El metaverso, la práctica religiosa y el bienestar:
Justin Thomas, PhD,1 Mohammad Amin Kuhail, PhD,2 and Fahad AlBeyahi, PhD1
La aparición del arte rupestre durante el Paleolítico superior, entre hace 50 000 y 10 000 años, está estrechamente ligada a la emergencia del ser humano cognitivamente moderno. Diversos investigadores sostienen que estas primeras manifestaciones visuales son indicios de una reorganización cerebral compleja. Burns, por ejemplo, argumenta que el arte de las cavernas evidencia nuevas capacidades cognitivas en los humanos anatómicamente modernos. En la misma línea temporal, Nakazawa propone el surgimiento de una “mente fluida”, entendida como una nueva configuración cognitiva capaz de actos creativos sin precedentes, pero también propensa a la ilusión y a la fantasía. Desde esta perspectiva, el Homo sapiens se distingue por su capacidad de concebir realidades que no existen en el mundo físico.
Esta facultad de imaginar y proyectar mundos internos hacia el exterior impulsó a los primeros humanos a recrear escenas de caza y formas simbólicas en las paredes de las cuevas. En algunos casos, estas representaciones incluyeron seres imaginarios, como los teriantropos, figuras híbridas entre humano y animal que probablemente no fueron observadas en la realidad material. El impulso por reproducir el entorno o por dar forma visual a lo invisible no ha desaparecido; por el contrario, encuentra hoy una nueva expresión en el concepto del metaverso.
El metaverso se plantea como la promesa de una réplica digital del mundo físico y de gran parte de sus contenidos. Estas reproducciones reciben el nombre de “gemelos digitales” y consisten en representaciones computacionales de personas, objetos y espacios. Más allá de copiar la realidad material, el metaverso también contempla la creación de entornos, artefactos y entidades que nunca han existido. A diferencia del arte rupestre, que era estático y bidimensional, el metaverso aspira a generar experiencias inmersivas, tridimensionales e interactivas. La visión dominante apunta a la construcción de un ecosistema digital paralelo, habitado por miles de millones de usuarios, superpuesto al mundo físico y estrechamente integrado en la economía global contemporánea.