Se recupera la figura de Dolores Correa Zapata, profesora mexicana activa a finales del siglo XIX e inicios del XX, en el contexto del sistema de escuelas normales durante el porfiriato, como la primera mujer en México que se autonombró feminista. Su trayectoria se inscribe en un momento en que la educación femenina estaba estrictamente regulada por nociones de “naturaleza” y utilidad social, donde las maestras eran mano de obra más barata y estable que los hombres. Influida por el pensamiento protestante, definía el feminismo como una exigencia de justicia: “levantar a la mujer al nivel de su especie”, es decir, al de la humanidad misma.
Su labor educativa se desarrolló principalmente en el ámbito de la formación normalista, desde donde impulsó una transformación profunda de los contenidos y fines de la educación de las mujeres. Defendió el acceso femenino al estudio de las ciencias, cuestionó la supuesta inferioridad intelectual de las mujeres y exigió su acceso a puestos de poder dentro de las instituciones educativas, así como la igualdad jurídica frente a los hombres. Estas posturas generaron tensiones directas con las autoridades educativas; a pesar de contar con una sólida trayectoria, le fue negado el cargo de directora de la Escuela Normal para profesoras por decisión de Justo Sierra, en un contexto de debate sobre la posible instauración de escuelas mixtas, rechazadas bajo argumentos esencialistas sobre la diferencia sexual.
En este mismo periodo, otras figuras como Rafaela Suárez Solórzano (directora entre 1880-1905) y Juvencia Ramírez de Chávez (1905-1912) permiten observar las disputas ideológicas al interior del campo educativo. Mientras Rafaela rompió con el modelo de mujer pasiva al ocupar cargos públicos y defender espacios para sus alumnas frente a instituciones masculinas como la Escuela de Jurisprudencia, Juvencia representó una postura conservadora que limitaba la educación femenina a lo doméstico. La destitución de Rafaela en 1905 y el nombramiento de Juvencia evidencian la preferencia institucional por perfiles acordes al orden patriarcal, así como la exclusión sistemática de figuras más radicales como Correa Zapata.
Estas tensiones se inscriben en un marco más amplio de control político de la educación por parte del Estado porfirista. La decisión de separar las escuelas normales de la universidad, impulsada por Justo Sierra, respondió menos a razones pedagógicas que a la necesidad de regular la formación de quienes educaban a la mayoría de la población. Esto limitó la profesionalización universitaria de las maestras y consolidó un modelo educativo diferenciado por género. En este contexto, la intervención de Correa Zapata no solo fue pedagógica sino política: su práctica y discurso configuraron una de las primeras articulaciones del feminismo en México desde la educación, entendida como espacio estratégico de disputa simbólica y material.
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