domingo, 11 de enero de 2026

*El metaverso, la práctica religiosa y el bienestar:

Justin Thomas, PhD,1 Mohammad Amin Kuhail, PhD,2 and Fahad AlBeyahi, PhD1 

 La aparición del arte rupestre durante el Paleolítico superior, entre hace 50 000 y 10 000 años, está estrechamente ligada a la emergencia del ser humano cognitivamente moderno. Diversos investigadores sostienen que estas primeras manifestaciones visuales son indicios de una reorganización cerebral compleja. Burns, por ejemplo, argumenta que el arte de las cavernas evidencia nuevas capacidades cognitivas en los humanos anatómicamente modernos. En la misma línea temporal, Nakazawa propone el surgimiento de una “mente fluida”, entendida como una nueva configuración cognitiva capaz de actos creativos sin precedentes, pero también propensa a la ilusión y a la fantasía. Desde esta perspectiva, el Homo sapiens se distingue por su capacidad de concebir realidades que no existen en el mundo físico.

Esta facultad de imaginar y proyectar mundos internos hacia el exterior impulsó a los primeros humanos a recrear escenas de caza y formas simbólicas en las paredes de las cuevas. En algunos casos, estas representaciones incluyeron seres imaginarios, como los teriantropos, figuras híbridas entre humano y animal que probablemente no fueron observadas en la realidad material. El impulso por reproducir el entorno o por dar forma visual a lo invisible no ha desaparecido; por el contrario, encuentra hoy una nueva expresión en el concepto del metaverso.

El metaverso se plantea como la promesa de una réplica digital del mundo físico y de gran parte de sus contenidos. Estas reproducciones reciben el nombre de “gemelos digitales” y consisten en representaciones computacionales de personas, objetos y espacios. Más allá de copiar la realidad material, el metaverso también contempla la creación de entornos, artefactos y entidades que nunca han existido. A diferencia del arte rupestre, que era estático y bidimensional, el metaverso aspira a generar experiencias inmersivas, tridimensionales e interactivas. La visión dominante apunta a la construcción de un ecosistema digital paralelo, habitado por miles de millones de usuarios, superpuesto al mundo físico y estrechamente integrado en la economía global contemporánea.

El metaverso


La idea de mundos paralelos tiene antecedentes en la mitología antigua y en los primeros relatos de ciencia ficción. No obstante, el término metaverso fue introducido por Neal Stephenson en su novela Snow Crash, donde describe un mundo virtual persistente concebido como el sucesor de Internet. En este entorno ficticio, millones de personas participan mediante avatares digitales y desarrollan actividades cotidianas como trabajar, habitar y socializar dentro de un ecosistema virtual que integra espacios laborales, domésticos y de ocio.

Esta visión especulativa se asemeja de manera notable a las propuestas contemporáneas sobre el metaverso. En su formulación actual, ha sido presentado como la web tridimensional o Web3 —no debe confundirse con Web 3.0— y como la siguiente fase en la evolución de Internet. Desde esta perspectiva, el metaverso se apoya en tecnologías inmersivas como la realidad virtual y la realidad aumentada, que permitirán la creación de entornos digitales interconectados donde personas y entidades generadas por computadora interactúan de manera significativa a través de avatares.

Desde el punto de vista conceptual, el metaverso continúa siendo una noción en construcción. No existe una definición universalmente aceptada y el término permanece en disputa. En la actualidad, diversas definiciones se superponen y ofrecen una idea general del rumbo de nuestra relación con la tecnología. Una de las más influyentes es la de Ball, quien define el metaverso como una red masiva e interoperable de mundos virtuales tridimensionales, renderizados en tiempo real y experimentados de forma sincrónica y persistente por un número prácticamente ilimitado de usuarios. Esta red mantiene continuidad de datos asociados a la identidad, el historial, los derechos, los objetos, las comunicaciones y las transacciones económicas.

Desde un enfoque más funcional, la empresa Meta describe el metaverso como la próxima evolución de la conexión social y el sucesor del internet móvil: un conjunto de espacios digitales entre los cuales se puede transitar sin interrupciones, permitiendo conectar con otros más allá de la proximidad física y reforzando la sensación de copresencia.

Aunque el metaverso plenamente desarrollado aún no existe, diversos investigadores coinciden en que plataformas como Second Life, Fortnite, Minecraft y Roblox pueden considerarse “proto-metaversos”. Estas plataformas incorporan algunos de los componentes fundamentales del metaverso proyectado y funcionan como antecedentes que permiten anticipar su funcionamiento y su impacto potencial.

Second Life, lanzado en 2003 por Linden Lab, es uno de los ejemplos más tempranos y significativos. Permite a los usuarios crear y controlar avatares que interactúan socialmente dentro de un mundo virtual persistente, sin objetivos predeterminados. Gran parte del contenido es generado y poseído por los propios usuarios, lo que posibilita dinámicas económicas mediante la compra y venta de bienes virtuales. En su momento de mayor popularidad, atrajo a empresas, organizaciones no gubernamentales e instituciones educativas interesadas en establecer presencia dentro del entorno virtual.

Otro caso relevante es Roblox, que ha experimentado un crecimiento acelerado en un corto periodo. Funciona tanto como plataforma de juegos en línea como sistema de creación de mundos. A diferencia de Second Life, que puede entenderse como un solo mundo virtual, Roblox se asemeja a una constelación de mundos múltiples creados por sus usuarios. De manera similar, Minecraft permite la creación de nuevos mundos y experiencias. Estas plataformas tipo sandbox otorgan a los usuarios la capacidad de modelar los entornos de juego y reúnen actualmente a cientos de millones de usuarios, incorporando desde hace años experiencias inmersivas mediante visores de realidad virtual.

Una limitación clave de estos proto-metaversos es su falta de interoperabilidad. Las identidades digitales, los avatares y las monedas virtuales no pueden desplazarse libremente entre plataformas, lo que impide considerarlos metaversos completos. Además, el metaverso plenamente desarrollado se concibe como un entorno que trasciende el entretenimiento, incorporando ámbitos como el comercio, la educación, la salud y otras esferas sociales.

Aunque el metaverso superará el ámbito del juego, su experiencia estará mediada principalmente por tecnologías inmersivas tradicionalmente asociadas a los videojuegos tridimensionales. El discurso contemporáneo enfatiza el realismo y la dimensión social de la experiencia. La realidad virtual genera un sentido de presencia, entendido como la ilusión perceptiva de ausencia de mediación tecnológica, mientras que la naturaleza multiusuario produce presencia social, es decir, la sensación de compartir el entorno con otros sujetos.

En este contexto, el metaverso se perfila como un espacio en el que los individuos encarnarán avatares tridimensionales —sus gemelos digitales— y establecerán interacciones significativas tanto con otros humanos como con agentes de inteligencia artificial. Aunque los componentes técnicos necesarios ya existen, su convergencia puede generar efectos que superen la suma de sus partes, dando lugar a transformaciones sociales profundas.

Las implicaciones de este ecosistema digital emergente aún no son plenamente conocidas. Algunos autores lo han descrito como un “big bang digital”, mientras que otros lo interpretan como un presagio de transformación radical. De manera más moderada, Ball sugiere que su impacto podría compararse con el tránsito del Internet de acceso telefónico (Web 1.0) al internet móvil y la computación en la nube (Web 2.0), transición que dio lugar a procesos de innovación disruptiva.

Finalmente, las discusiones sobre el impacto del metaverso señalan una intensificación de la colaboración y la interacción social en tiempo real. Más allá de mejorar la comunicación global, el metaverso promete entornos donde la colaboración virtual pueda resultar incluso preferible a sus equivalentes físicos. Algunos autores sugieren que esta migración podría debilitar categorías sociales como raza, género o discapacidad física; no obstante, este supuesto beneficio es objeto de debate debido a los riesgos de homogeneización sociocultural y pérdida de diversidad.


Religión y metaverso

Las proyecciones sobre el impacto social del metaverso suelen centrarse en actividades seculares como el comercio, el entretenimiento y el turismo; sin embargo, es necesario considerar sus implicaciones para la religión y la práctica religiosa. Independientemente de la creencia personal, la religión ejerce una influencia profunda en el comportamiento humano. Aproximadamente el 84 % de la población mundial se ve impactada por la religión en aspectos psicológicos fundamentales como la motivación, los valores, el autoconcepto y la moralidad.

La religiosidad, entendida como la práctica activa de la religión, puede proporcionar un fuerte sentido de pertenencia a un grupo social valorado, contribuyendo directamente a la salud y el bienestar. Además de ofrecer conexión social, se caracteriza por un sistema de creencias compartidas que promueve prácticas como la oración, la meditación, la lectura de textos sagrados y el ayuno. Un amplio cuerpo de investigación sugiere que la religiosidad se asocia con mejores resultados en salud mental, incluyendo menores tasas de depresión y trastornos relacionados con el consumo de sustancias.

La evidencia empírica respalda consistentemente esta relación. Revisiones metaanalíticas confirman una correlación negativa entre religiosidad y depresión, mientras que estudios longitudinales indican que la religiosidad reduce el riesgo de desarrollar depresión a lo largo del tiempo. Investigaciones a gran escala en Estados Unidos muestran que la participación en servicios religiosos se asocia con mayor longevidad y bienestar psicosocial, incluso tras controlar múltiples variables. Estos hallazgos se replican en contextos culturales y religiosos diversos.

Para explicar los mecanismos subyacentes, Pargament propuso el concepto de afrontamiento religioso positivo, según el cual las respuestas ante eventos estresantes están mediadas por tradiciones de fe. Estrategias como la oración, la orientación hacia la vida después de la muerte y el apoyo del clero pueden contribuir a prevenir problemas de salud mental y amortiguar los efectos de experiencias adversas.


Del metaverso a la metaglesia

El metaverso tendrá implicaciones claras para la religión, especialmente porque muchas tradiciones religiosas enfatizan prácticas congregacionales e interpersonales. Uno de los atributos centrales del metaverso es la presencia social, entendida como la sensación de estar junto a otros en un entorno digital compartido, lo cual resulta afín a las actividades religiosas colectivas.

Meta, actor clave en el desarrollo del metaverso, ha expresado interés en el ámbito religioso, incluyendo la posibilidad de celebrar servicios religiosos en entornos de realidad virtual o emplear realidad aumentada con fines educativos. Ya existen organizaciones religiosas que sitúan las tecnologías emergentes en el centro de su práctica. Life.Church, por ejemplo, ofrece servicios semanales a través de plataformas digitales y ha desarrollado aplicaciones que utilizan inteligencia artificial para apoyar la lectura bíblica. De manera similar, VR Church se presenta como una comunidad espiritual que existe completamente dentro del metaverso, donde los fieles se reúnen mediante avatares en entornos inmersivos.

Estas iniciativas tienen antecedentes tempranos, como el proyecto Church of Fools, desarrollado en 2004 con el apoyo de la Iglesia Metodista de Inglaterra. Este experimento permitió asistir a servicios religiosos en una iglesia virtual tridimensional, dirigida por ministros reales. El proyecto demostró una fuerte aceptación y logró atraer a nuevos perfiles demográficos, fusionando una experiencia espiritual significativa con el entorno digital.

Más allá de las congregaciones virtuales, las tecnologías digitales se han extendido a otras prácticas religiosas, como la ciberperegrinación. Estas experiencias pueden funcionar como preparación psicológica e informativa para peregrinaciones físicas, y aunque plantean cuestionamientos sobre la autenticidad espiritual, también pueden resultar emocionalmente intensas y transformadoras.

Un caso ilustrativo ocurrió en 2021, cuando el Centro Rey Abdul Aziz para la Cultura Mundial ofreció recorridos en realidad virtual por lugares sagrados del islam. Estas visitas virtuales ampliaron el acceso a espacios tradicionalmente restringidos, evidenciando cómo la religión en línea puede trascender limitaciones físicas.

Incluso sin recurrir a entornos inmersivos, muchas instituciones religiosas utilizan Internet para facilitar prácticas de fe. Aunque una proporción significativa de usuarios participa en actividades religiosas en línea, aún existe escasez de investigaciones que evalúen si estas prácticas generan beneficios de bienestar equivalentes a los de la participación presencial. Algunos estudios sugieren que varios de los beneficios psicológicos y sociales pueden manifestarse también en contextos virtuales; sin embargo, la evidencia disponible sigue siendo limitada y no permite conclusiones definitivas.

viernes, 9 de enero de 2026

Critical Feminist Pedagogy

 Similar to the paradoxical framework, critical feminist pedagogy endorses a nonlinear and contradictory logic. In a review of the development of critical feminist pedagogy scholarship, Lather (1998) underscores its commitment to social justice. Emerging in the 1980s and grounded in the scholarship of the Frankfurt School, Gramsci, and Paulo Freire, critical pedagogy is an ensem-ble of practices, which nurtures contradictory voices, counternarratives, and competing understandings. Moving away from the “humanist attachments to a dialectic of truth” and toward “contributing to struggles for social justice” (Lather, 1998, p. 497), Lather advocates against developing a universalizing pedagogy grounded in the rhetoric of “salvation” (of the powerless by those with social power), and instead favors openness, passage, and nonmastery. A feminist approach to critical pedagogy must recognize how narratives of sal-vation enforce privilege and how pretensions of “emancipating” or “empow-ering” a less privileged “Other” have become a habitual discourse and common practice in feminism. Drawing our attention to problematic routines in feminist postcolonial critique, Spivak (2012) asserts that the capacity to unveil those “habits” and to expose domination within critical thought pro-vides the infrastructure for critical pedagogy. Spivak’s critique is twofold: first, critical feminist scholarship points to how the postcolonial “Other” seeks to recover a subject position by turning to hegemonic scripts and discourses (Spivak, 1988). Second, in addition to the problematic cooptation into hegemonic scripts, the postcolonial “Other” is not a homogeneous constituency. It is divided between elite, and more privileged “Other,” on the one hand, and the subaltern on the other. Subalternity, accord-ing to Spivak, is not just a general term or a synonym of any “Other” lower class group, but an “Other” that is to be removed from all lines of social - mobility (Spivak, 2005), including having no capacity to “speak” for oneself or to use knowledge (thought, reasoning, and language) that is not Western or hegemonic, in order to be “heard.” Further drawing on these ideas, Ellsworth (1989) maintains that key assumptions, and pedagogical practices, such as “empowerment,” “student voice,” and “dialogue,” perpetuate relations of domination. She emphasizes that through putting prescriptions concerning empowerment into practice, “we produced results that were not only unhelp-ful, but actually exacerbated the very conditions we were trying to work against, including Eurocentrism, racism, sexism, classism . . .” (p. 298) Hence, critical feminist pedagogy requires a theory and practice that allows the subaltern to cease being an object of benevolence in human rights discourse, as well as to cease being the target of empowerment efforts by those who are more privileged. Asking what kinds of practices may encour-age and train ethical imagination of women on both sides of this power divi-sion (Morton 2011), our article traces experiences of ruptures, failures, and breaks as sites of learning (Ellsworth, 1997; Lather, 1998).

sábado, 3 de enero de 2026

The Burning of Paper Instead of Children By Adrienne Rich

 


I was in danger of verbalizing my moral impulses out of existence.
—Fr. Daniel Berrigan, on trial in Baltimore


1.

My neighbor, a scientist and art-collector, telephones me in a state of violent emotion. He tells me that my son and his, aged eleven and twelve, have on the last day of school burned a mathematics text-book in the backyard. He has forbidden my son to come to his house for a week, and has forbidden his own son to leave the house during that time. "The burning of a book," he says, "arouses terrible sensations in me, memories of Hitler; there are few things that upset me so much as the idea of burning a book."

Back there: the library, walled
with green Britannicas
Looking again
in Dürer's Complete Works
for MELENCOLIA, the baffled woman

the crocodiles in Herodotus
the Book of the Dead
the Trial of Jeanne d'Arc, so blue
I think, It is her color

and they take the book away
because I dream of her too often

love and fear in a house
knowledge of the oppressor

I know it hurts to burn

2.

To imagine a time of silence
or few words
a time of chemistry and music

the hollows above your buttocks
traced by my hand
or, hair is like flesh, you said

an age of long silence

relief

from this tongue this slab of limestone
or reinforced concrete
fanatics and traders
dumped on this coast wildgreen clayred
that breathed once
in signals of smoke
sweep of the wind

knowledge of the oppressor
this is the oppressor's language

yet I need it to talk to you

3.

"People suffer highly in poverty and it takes dignity and intelligence to overcome this suffering. Some of the suffering are: a child did not had dinner last night: a child steal because he did not have money to buy it: to hear a mother say she do not have money to buy food for her children and to see a child without cloth it will make tears in your eyes."

(the fracture of order
the repair of speech
to overcome this suffering)

4.

We lie under the sheet
after making love, speaking
of loneliness
relieved in a book
relived in a book
so on that page
the clot and fissure
of it appears
words of a man
in pain
a naked word
entering the clot
a hand grasping
through bars:

deliverance

What happens between us
has happened for centuries
we know it from literature

still it happens

sexual jealousy
outflung hand
beating bed

dryness of mouth
after panting

there are books that describe all this
and they are useless

You walk into the woods behind a house
there in that country
you find a temple
built eighteen hundred years ago
you enter without knowing
what it is you enter

so it is with us

no one knows what may happen
though the books tell everything

burn the texts said Artaud

5.

I am composing on the typewriter late at night, thinking of today. How well we all spoke. A language is a map of our failures. Frederick Douglass wrote an English purer than Milton's. People suffer highly in poverty. There are methods but we do not use them. Joan, who could not read, spoke some peasant form of French. Some of the suffering are: it is hard to tell the truth; this is America; I cannot touch you now. In America we have only the present tense. I am in danger. You are in danger. The burning of a book arouses no sensation in me. I know it hurts to burn. There are flames of napalm in Catonsville, Maryland. I know it hurts to burn. The typewriter is overheated, my mouth is burning. I cannot touch you and this is the oppressor's language.

Lucia Leao

 


martes, 30 de diciembre de 2025

Como señala Cristina Justo Suárez: no se trata de crear una ciencia y una tecnología “femeninas” —lo que sería una pretensión esencialista—, sino de desgenerizarlas.


Para iniciar este recorrido debemos aclarar que los estudios feministas de la tecnología, al igual que el feminismo, constituyen un campo heterogéneo y plural. Sin embargo, a pesar de su diversidad, las corrientes feministas tienen en común preguntarse por la función de las tecnologías en el sistema patriarcal y las desigualdades de género que reproducen y legitiman.

El feminismo radical fue pionero en analizar la relación entre género y tecnología. Desde esta perspectiva, la tecnología occidental se concibe como parte de un proyecto de dominación masculina que controla a las mujeres y a la naturaleza, especialmente a través de las tecnologías reproductivas. En respuesta, surgieron movimientos como FINRRAGE, impulsados por Gena Corea y Maria Mies, que denuncian la industrialización del cuerpo femenino mediante investigación, divulgación y redes internacionales de feministas.

El feminismo socialista subraya que la división del trabajo es sexual y que la exclusión de las mujeres de ciertos oficios tecnológicos reproduce la dominación masculina, por lo que la igualdad requiere cuestionar las estructuras y valores incorporados en la técnica. Firestone propone la automatización total para abolir el determinismo biológico, mientras que Angela Davis plantea industrializar y socializar las tareas domésticas mediante un Estado socialista. Ambas coinciden en que la tecnología, bajo el capitalismo, puede liberarlas de la carga individual y reorganizar la reproducción social con justicia y autonomía. Silvia Federici, por su parte, critica la utopía tecnológica, señalando que los cuidados son irreducibles a la mecanización y que la liberación verdadera implica desprivatizarlos, revalorizarlos y organizarlos cooperativamente como "comunes".

El feminismo liberal denuncia el control masculino sobre la tecnología y la subrepresentación de las mujeres en educación, empleo e innovación, asumiendo que la tecnología es en principio neutral, pero que su acceso ha sido desigual. Autoras como Martha Trescott y Autumn Stanley destacan la participación histórica de las mujeres como inventoras, ingenieras, científicas y empresarias, y analizan las causas de su exclusión, buscando promover igualdad de oportunidades dentro de los espacios tecnológicos existentes.

Evelyn Fox Keller (1995) sostiene que el lenguaje y los conceptos científicos no son neutros, sino que reflejan metáforas y categorías culturalmente cargadas de género. Keller señala que términos como “dominante”, “activo” o “controlador” en física, biología o tecnología reproducen implícitamente una visión patriarcal que asocia fuerza y autoridad con lo masculino, mientras que lo pasivo o receptivo se percibe como femenino. Esto condiciona la interpretación de los fenómenos y la producción del conocimiento científico, perpetuando sesgos de género en la ciencia y la tecnología.

La integración de la tecnología digital marcó una revolución del pensamiento durante los años noventa; por su parte, las feministas de la tercera ola cuestionaron la idea de una “mujer” universal y reconocieron la diversidad de experiencias según raza, clase, sexualidad y cultura, ampliando la perspectiva sobre género y tecnología. En este contexto, el Manifiesto para cyborgs (Haraway, 1985) ofreció un marco teórico que combinó crítica y optimismo, mostrando cómo la tecnología puede servir como herramienta de resistencia y empoderamiento para las mujeres.El feminismo cyborg de Donna Haraway utiliza la metáfora del cyborg para explorar la relación entre cuerpos y tecnologías, integrando perspectivas feminista, socialista y materialista. Propone un mundo híbrido donde se difuminan los límites entre lo orgánico y lo mecánico, la naturaleza y la cultura, y las categorías de género, liberando de jerarquías fijas de raza, clase, sexualidad y género. La categoría “mujer” es heterogénea; la unidad política se basa en afinidad, no identidad, para no invisibilizar desigualdades.

El tecnofeminismo, desarrollado por Judy Wajcman (1991, 2006), cuestiona la idea de que la tecnología sea neutral, argumentando que refleja y reproduce relaciones de poder y desigualdad de género. Analiza cómo los estereotipos que vinculan tecnología con lo masculino influyen en el diseño, el contenido y el uso de herramientas, y estudia la participación femenina en el ciberespacio, mostrando cómo la comprensión crítica de estas dinámicas puede transformar la tecnología y generar resistencia y empoderamiento para las mujeres.

El xenofeminismo, impulsado por Laboria Cuboniks y Helen Hester, concibe la tecnología como herramienta estratégica para la emancipación y la liberación de las opresiones de género. Siguiendo la herencia de Shulamith Firestone, rechaza el determinismo biológico y la tecnofobia, promoviendo la inclusión de diversidades y la desarticulación del sistema binario. En la práctica, se traduce en el uso de hacking, ingeniería y software abierto, como lo realizan los colectivos de Laboria Cuboniks, Helen Hester y diversos feminist hackerspaces en Europa y Estados Unidos, así como plataformas de autocuidado tecnológico que permiten a las mujeres controlar su biología y participar activamente en el diseño de herramientas, desafiando estructuras de poder y el control neoliberal.

El ciberfeminismo surge en la década de 1990 como un campo heterogéneo que articula el espacio virtual, las redes y las tecnologías digitales con los planteamientos del feminismo. Su objetivo no es solo incorporar a las mujeres al ámbito tecnológico, sino apropiarse críticamente del ciberespacio para subvertir relaciones patriarcales. Reivindica la sexualidad y el deseo como fuerzas políticas, concibe el género como mutable y sitúa a las mujeres como agentes activas de transformación tecnológica y simbólica.

Un ejemplo paradigmático de la vertiente artística y subversiva del ciberfeminismo es el colectivo australiano VNS Matrix, fundado en 1991. Ese mismo año publicaron el Manifiesto ciberfeminista para el siglo XXI, texto en el que emplearon por primera vez el término “ciberfeminismo”. Su consigna principal —“secuestrar los juguetes de los tecnocowboys”— sintetiza su intención de reapropiarse de la tecnología informática, históricamente dominada por hombres, para reorientarla desde una perspectiva feminista. VNS Matrix utilizó elementos de la cultura digital, como videojuegos, chat, collage e interfaces web, para crear un arte disruptivo y subversivo. Su manifiesto, provocador y sexualizado, se autodefinía como “el virus del nuevo desorden mundial” y buscaba sabotear simbólicamente el orden patriarcal y tecnocrático. La difusión de sus ideas fue multicanal: fotocopias, carteles, radio pirata y páginas web, convirtiendo la circulación en un acto político.

Sadie Plant desarrolla una propuesta ciberfeminista que reinterpreta la historia de la computación desde una genealogía femenina, vinculando las tecnologías digitales con prácticas como el telar y la tejeduría, y recuperando figuras como Ada Lovelace. En Ceros + Unos (1997), sostiene que la informática no rompe con el trabajo femenino, sino que continúa una labor históricamente invisibilizada. Para Plant, mujeres y máquinas han compartido una posición subordinada en el orden patriarcal, y las tecnologías digitales —descentralizadas y en red— abren una alianza potencialmente liberadora, entendida como un proceso de “feminización” de la cultura tecnológica más que como un proyecto político intencional. Esta vertiente del ciberfeminismo, asociada a un ciberfeminismo radical (Galloway, 1998), celebra la afinidad entre lo femenino y lo digital, promoviendo su apropiación subversiva mediante el arte, el juego y la fluidez identitaria; sin embargo, ha sido criticada por su tendencia al esencialismo y por un utopismo que puede diluir la confrontación política concreta.

Frente a esta celebración, emerge una crítica política y materialista representada por autoras como Faith Wilding y María Fernández. Wilding problematiza la indefinición estratégica del ciberfeminismo, señalando que puede conducir a la despolitización, y propone una definición “fluida pero afirmativa” que atienda las desigualdades de acceso y las condiciones materiales de producción tecnológica. Por su parte, Fernández denuncia el universalismo blanco de los primeros ciberfeminismos, subrayando cómo invisibilizaron el racismo encarnado y la precariedad laboral, desatendiendo el legado antirracista del Manifiesto cyborg.

Deborah Johnson parte de una pregunta central: ¿qué significa que una tecnología sea feminista? Para responderla sin caer en esencialismos, rechaza la asociación cultural que vincula la tecnología con la masculinidad y lo artificial, mientras relega a las mujeres y sus herramientas a lo natural y lo doméstico.
En lugar de esto, Johnson propone analizar la coconstrucción de género y tecnología. Inspirada en los estudios CTS, entiende que la tecnología y la sociedad se moldean mutuamente, y aplica esta idea a las relaciones de género. Así, la pregunta original se desdobla: no basta con preguntarse si un artefacto (su diseño y materialidad) es feminista, sino que hay que examinar el sistema sociotécnico más amplio (prácticas, acuerdos y relaciones) en el que se inserta.
Frente a la cuestión de qué entendemos por tecnología feminista, Johnson plantea varias posibilidades, desde que sea "buena para las mujeres" hasta que "constituya relaciones sociales más equitativas". Su conclusión es que una tecnología es feminista si crea la posibilidad de relaciones de género equitativas. Esto implica que ni la materialidad de un objeto por sí sola, ni su mero uso por mujeres, son suficientes. El potencial feminista reside en cómo el artefacto, dentro de su sistema sociotécnico, contribuye a cuestionar y transformar las estructuras sociales desiguales hacia una sociedad más justa.

La división sexual del trabajo explica no solo qué tecnologías usan hombres y mujeres, sino también cómo las usan y acceden a ellas. Sin embargo, se rechaza el determinismo tecnológico: aunque un artefacto tenga un "guion de género" (un diseño que prescribe usos y usuarios), las personas usuarias pueden subvertir, negociar y reinterpretar ese guion a través de sus prácticas.

La casa misma es un artefacto tecnológico clave cuya desvalorización como espacio "no tecnológico" refleja y perpetúa la dicotomía pública/masculina/producción versus privada/femenina/reproducción. Por ello, para una perspectiva feminista, analizar estas tecnologías no se reduce a señalar su feminización, sino a entenderlas como campos de disputa política donde es posible desafiar y transformar las relaciones de género inequitativas.

Las ciberfeministas en América Latina analizan las tecnologías digitales desde una perspectiva postcolonial, reconociendo que las desigualdades globales condicionan la relación entre género y tecnología: mientras mujeres en países desarrollados disfrutan de ciertos privilegios, en otros contextos la industria tecnológica explota mano de obra femenina barata (Mayayo 2007, p. 3). En América Latina, el ciberfeminismo se configura como una praxis política situada, inseparable de la colonialidad y el patriarcado, entendiendo lo digital como un espacio de disputa material y simbólica (Zárate 2020). Vinculados al transfeminismo y al feminismo decolonial, los ciberfeminismos del sur amplían la crítica hacia las estructuras capitalistas, patriarcales y coloniales que organizan las tecnologías digitales. Colectivos y activistas trabajan por la soberanía digital, la apropiación tecnológica situada y la denuncia del sexismo, racismo y extractivismo de datos. Estas prácticas se concretan mediante mapeo digital y etnográfico, entrevistas, talleres participativos, análisis crítico de plataformas y software, y producción tecnológica con software libre y multimedia, resignificando la tecnología desde la experiencia de las mujeres y promoviendo su agencia en el ámbito digital.

Los resultados se traducen en salidas prácticas, como talleres comunitarios, laboratorios de creación audiovisual o de programación segura, desarrollo de contenidos educativos, campañas de sensibilización y estrategias de autonomía digital, incluyendo protección de la privacidad y transferencia de conocimientos técnicos. Colectivos como Luchadoras (México), EnRedadas (Nicaragua), Técnicas Rudas (Guatemala) y FOSSchix (Brasil) operan desde contextos locales, construyendo conocimiento situado y mostrando cómo lo digital se articula con cuerpos, afectos, territorios y precariedad tecnológica (McDowell 2000; Colectivo EnRedadas 2019; Colectivo Técnicas Rudas 2021).

En 2023, en el XI Coloquio Internacional de Filosofía de la Técnica en Río Cuarto, Argentina, se presentó el “Manifiesto de Simpoiéticas del Sur” (Barbosa et al., 2024), que dio origen al colectivo Simpoiéticas del Sur. El manifiesto articula feminismos y tecnologías, reconociendo contextos del sur global y promoviendo reflexiones críticas sobre la creación, uso y sentido de la tecnología desde perspectivas feministas y colaborativas.

Diversas críticas feministas han señalado que la exclusión tecnológica no es únicamente material, sino también afectiva, simbólica y epistémica. La cultura técnica dominante continúa asociando el dominio de lo digital con una racionalidad abstracta, competitiva y masculinizada, que separa el conocimiento técnico del cuerpo, el error y la experiencia sensible (Turkle 1986). En el contexto latinoamericano, esta escisión se intensifica debido a condiciones estructurales de precariedad tecnológica, donde la inestabilidad, el fallo y la obsolescencia no son excepciones, sino experiencias cotidianas (Yansen y Zukerfeld 2013).

Frente a este escenario, el ciberfeminismo latinoamericano ha desplazado progresivamente el foco desde la brecha de acceso hacia la disputa por las formas de relación con la tecnología. Más que preguntarse únicamente quién accede a lo digital, estas perspectivas interrogan cómo se aprende, se encarna y se imagina la tecnología en contextos situados. La revalorización del cuerpo, el error, el glitch y la precariedad técnica emerge como una estrategia crítica frente a los imaginarios de progreso lineal, eficiencia total y control absoluto, abriendo la posibilidad de pensar epistemologías feministas del hacer tecnológico ancladas en los cuerpos, los afectos y los territorios (Zárate 2020).

Este giro dialoga con reflexiones más amplias sobre tecnologías situadas y relacionales, como la noción de cosmotécnica propuesta por Yuk Hui (2016), que subraya la inseparabilidad entre técnica, mundo y sistema de valores. Asimismo, se articula con aportes latinoamericanos que conciben la tecnología no como un dispositivo neutral de innovación, sino como una práctica de convivencia, cuidado y sostenimiento de la vida (Fusco 2021).

En este marco, la noción de tecnologías mestizas permite pensar articulaciones no jerárquicas entre técnicas ancestrales y dispositivos digitales, materialidades orgánicas y electrónicas, y prácticas humanas y no humanas. Estas tecnologías no buscan una síntesis homogénea, sino la coexistencia contradictoria de diferencias irreductibles, inspiradas en la epistemología ch’ixi de Silvia Rivera Cusicanqui. Los ensamblajes situados entre high y low tech, analógico y digital, o humano y no humano, habilitan así la imaginación de mundos sociotécnicos más relacionales, donde se reconoce que el género y otras desigualdades se configuran dentro de la tecnología misma.

En este contexto, el tejido se plantea como una opción política, epistemológica y práctica frente a las problemáticas de desigualdad y opresión tecnológica. Más allá de su dimensión metafórica, el tejido se convierte en una categoría ontológica capaz de reimaginar saberes, cuerpos, territorios y relaciones sociales desde la interdependencia, el cuidado y la vida en común. Los trabajos de Natalia Fischetti y Andrea Torrano ejemplifican esta propuesta desde los feminismos del sur latinoamericano, articulando prácticas que vinculan cooperación, autonomía y creación de redes situadas como herramientas de resistencia frente a estructuras tecnológicas y sociales jerárquicas.

Esta perspectiva encuentra un diálogo fértil con la obra Kipu de Cecilia Vicuña, que concibe el tejido como registro, memoria y articulación de saberes ancestrales. Kipu propone un habitar relacional del tiempo, los territorios y los cuerpos, conectando pasado y presente, lo humano y lo no humano, y sosteniendo vínculos cósmicos y comunitarios basados en reciprocidad. De manera complementaria, la noción de tejido ch’ixi de Rivera Cusicanqui habilita habitar zonas de contacto y tensión, donde la diferencia no se borra sino que potencia la acción política y sociotécnica. Así, el tejido ofrece una estrategia concreta para resignificar la tecnología, construir comunidades de afinidad y generar prácticas de cuidado, colaboración y transformación frente a las desigualdades estructurales.


Barbosa, et al. 2024. Manifiesto de Simpoiéticas del Sur. XI Coloquio Internacional de Filosofía de la Técnica. Río Cuarto, Argentina.

Cockburn, Cynthia. 1983. Broadsheet on Women and Technology. Londres.

Colectivo EnRedadas. 2019. Documentación sobre prácticas de ciberfeminismo en Nicaragua.

Colectivo Técnicas Rudas. 2021. Documentación sobre prácticas de ciberfeminismo en Guatemala.

Federici, Silvia. 2013. Revolución en punto cero: Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Madrid: Traficantes de Sueños.

Galloway, Alexander. 1998. “Cyberfeminism and the End of Radicalism.” Angelaki: Journal of the Theoretical Humanities 3 (2): 117–126.

Haraway, Donna. 1991. Simians, Cyborgs, and Women: The Reinvention of Nature. New York: Routledge.

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jueves, 25 de diciembre de 2025

 Esbozo de un feminismo latinoamericano

El artículo plantea que sí existe un feminismo latinoamericano con raíces y perfil propios, nutrido de diversas corrientes teóricas y filosóficas del feminismo contemporáneo. La situación periférica del continente permite articular lecturas múltiples, trazar redes conceptuales y plantear problemas propios de la región (Femenías, 2007).

1. Contexto histórico y social:
América Latina surge de las contradicciones de la Ilustración y se estructura como Estados modernos basados en igualdad, universalismo y libertad, pero con una sociedad conformada por raíces indígenas, europeas y africanas, a las que se suman migraciones asiáticas recientes. La discriminación no solo se basa en sexo, sino en la intersección sexo-etnia-clase, haciendo insuficiente la mera reforma de leyes formales (Femenías, 2007).

2. Tráfico de teorías:
El feminismo latinoamericano ha practicado lo que Claudia de Lima Costa (2002) llama “tráfico de teorías”, apropiándose y resignificando corrientes feministas y universales desde una perspectiva subalterna. Esto permite romper con discursos hegemónicos, generar nuevos significados y analizar críticamente el poder patriarcal y las limitaciones del feminismo occidental. Autoras como Sophie Bessis y Gloria Anzaldúa aportan conceptos de “aculturación del universalismo” y “zonas de contacto”, que permiten entender la traducción y resignificación de teorías en contextos locales.

3. Políticas de localización y situación:
Femenías enfatiza la doble subalternidad de las mujeres latinoamericanas: ser mujeres y ser latinoamericanas, ubicadas en la periferia geopolítica y socioeconómica. Esta marginalidad permite desarrollar una experiencia crítica, que rechaza la heterodesignación y crea identidad propia, generando una comunidad imaginaria de “mujeres de América Latina” que potencia la acción política y el reconocimiento colectivo (Femenías, 2007).

4. Identidades negociadas y mestizaje:
El mestizaje es clave para entender la identidad latinoamericana. María Lugones (1999) revisa la dicotomía “pureza/impureza”, mostrando que el mestizaje cultural y étnico actúa como resistencia a políticas excluyentes. Esta noción permite analizar cómo las identidades múltiples y negociadas pueden construir sujetos feministas capaces de producir prácticas alternativas y desarticular estructuras naturalizadas de poder.

5. Visibilización y universalidad:
El feminismo latinoamericano cuestiona el universal formal y exige estrategias prácticas para que la igualdad y los derechos se cumplan efectivamente, tomando en cuenta la materialidad de cuerpos, etnia y cultura (Benhabib, 2005). La autoafirmación identitaria contribuye a erosionar pautas esencializantes y crear espacios de poder, reconocimiento y pertenencia, enfrentando el sexismo y racismo operativos en la sociedad (Femenías, 2007).

6. La voz propia del feminismo latinoamericano:
El artículo concluye que el feminismo latinoamericano es original tanto en origen como en originalidad, desde Sor Juana Inés hasta las mujeres comprometidas con ideales revolucionarios. Su historia muestra la apropiación crítica de teorías universales y la creación de un locus catalizador que permite conceptualizaciones y prácticas novedosas. Este feminismo se distingue por la transversalización de género, clase, etnia y religión, y por su capacidad de dar respuesta teórica y práctica a los desafíos glocalizados de la región (Femenías, 2007; Soldan, 2004).

Referencias principales citadas en el texto:

  • Benhabib, S. (2005). Los derechos de los otros. Barcelona: Gedisa.

  • Femenías, M. L. (2006). El género del multiculturalismo. Bernal: UNQUI.

  • Lima Costa, C. de (2002). “Repensando el género: tráfico de teorías en las Américas”. In: Femenías, M. L. Perfiles del feminismo iberoamericano. Buenos Aires: Catálogos, p. 189-214.

  • Lugones, M. (1999). “Pureza, impureza, separación”. In: Carbonell, N.; Torrás, M. Feminismos literarios. Madrid: Arcos Libros, p. 235-264.

  • Rich, A. (1983). Sobre mentiras, secretos y silencios. Barcelona: Icaria.

  • Rich, A. (1986). Nacemos de mujer. Madrid: Cátedra.

  • Soldan, A. (2004). “What time is it? Epoch Concepts as Ideological Constructs”. 11th Symposium of the International Association of Women Philosophers, Göteborg.


Ensayo: Sobre la tecnología, el diseño y la política de lo inventado

 El desconocimiento de la tecnología es común. Sin embargo, quienes poseen curiosidad y pensamiento crítico suelen preguntarse cómo funciona realmente, qué decisiones se toman y quién las toma. La tecnología opera sobre construcciones arbitrarias e imaginarias: todo lo que percibimos fue diseñado y colocado por alguien. No existe un mundo tecnológico “natural”; cada detalle es producto de elecciones humanas concretas, y comprender esto es esencial para analizar su impacto.

Lo que hoy nos parece obvio —una función, un diseño, una interfaz— fue en su momento resultado de debates, visiones y preferencias individuales. La supuesta inevitabilidad de la tecnología es un mito: nada es neutral, todo es contingente. Cada estándar, cada característica y cada forma de presentación refleja decisiones históricas, políticas y comerciales.

Es fundamental diferenciar entre tecnología y empaque. La forma en que percibimos y usamos los dispositivos o sistemas muchas veces oculta lo que ocurre detrás. La elegancia o simplicidad de un objeto tecnológico no es lo mismo que su funcionamiento real; los envoltorios solo muestran lo que alguien decidió que debíamos ver y cómo debíamos interactuar con ello.

La política atraviesa la tecnología de múltiples maneras. Las decisiones de diseño no son solo técnicas: reflejan intereses de poder, de mercado y de cultura. La tecnología se convierte en un espacio de disputa donde convergen ideologías y estrategias de control, y cada diseño es también una afirmación de valores y prioridades.

El empaque, la presentación y la narrativa que rodean la tecnología son parte de esa estrategia. La atención del usuario, la percepción de utilidad y la fidelidad a determinados sistemas son cuidadosamente gestionadas. Lo que aparenta ser neutral o inevitable es, en realidad, un entramado de decisiones arbitrarias con fines políticos, económicos y culturales.

Comprender la tecnología exige mirar más allá de lo visible. Cada objeto, innovación o estándar refleja luchas, acuerdos, negociaciones y elecciones subjetivas. Nada es simplemente técnico: todo es cultural, político y humano. Reconocer esta complejidad permite analizar críticamente no solo lo que usamos, sino también las estructuras de poder y las lógicas de control que subyacen a la tecnología en la vida cotidiana.

Feminismo decolonial y crítica al enfoque postcolonial

 

Ochy Curiel Pichardo

Ochy Curiel problematiza el uso indistinto de los términos postcolonial y decolonial dentro del feminismo, señalando que no son equivalentes ni en lo político ni en lo epistemológico. Desde su posición como mujer afrodescendiente en Abya Yala, la autora se sitúa en el feminismo decolonial, articulado con posturas antirracistas, lésbico-feministas y de autonomía feminista.

Curiel explica que lo postcolonial surge históricamente a partir de las independencias asiáticas y africanas, especialmente desde 1947, y como perspectiva teórica en los años ochenta en Europa y Estados Unidos, con autorxs como Edward Said (1990), Gayatri Spivak, Homi K. Bhabha y Chandra Mohanty. Sin embargo, diversas críticas advierten sus ambigüedades: Shohat (2008) cuestiona su falta de claridad histórica y su tendencia despolitizante; MacClintok (citada por Hall 2010) señala su linealidad; y Dirlik (citado por Mazzadra y Rahola 2008) denuncia su sesgo culturalista y su desvinculación del capitalismo como estructura de poder.

Desde América Latina, Ramón Grosfoguel (2010) critica que los estudios postcoloniales sitúen el colonialismo en los siglos XVIII y XIX, invisibilizando que la colonialidad comienza en 1492 y se articula con la modernidad como un sistema global de dominación. Stuart Hall (2010), aunque reconoce estas críticas, sostiene que lo postcolonial permite analizar los reordenamientos de poder posteriores a las independencias y abrir narrativas descentradas de la modernidad.

En este marco, Curiel afirma que el feminismo postcolonial ha sido útil como crítica al feminismo hegemónico blanco, occidental y burgués, pero insuficiente si no cuestiona profundamente la episteme moderna-colonial. Para el feminismo decolonial, no basta con la interseccionalidad o la inclusión de autoras racializadas: es necesario releer la historia desde la colonialidad, comprender las opresiones como estructurales y construir metodologías feministas situadas, críticas y políticamente comprometidas.

Acerca del feminismo decolonial

El feminismo decolonial se sitúa en Abya Yala, surgido de procesos de descolonización de pueblos indígenas y afrodescendientes, y combina críticas al feminismo hegemónico con la teoría decolonial latinoamericana (Lugones 2008; Espinosa 2013). Señala que, pese al fin del colonialismo formal, persiste la colonialidad del poder, del ser y del saber, estructuras que mantienen jerarquías globales, raciales y de género (Quijano 2000; Maldonado-Torres 2007; Lander 2000).

Lugones (2008) explica que el género es una categoría moderna y colonial que, junto al heterosexualismo, excluyó a las mujeres colonizadas de la consideración de humanidad plena. Por su parte, Espinosa (2013) propone que el feminismo decolonial revise y amplíe conceptos centrales del feminismo, recuperando saberes subalternos y experiencias de mujeres afrodescendientes, indígenas y populares, para generar metodologías y prácticas políticas que eviten reproducir lógicas racistas y coloniales.

¿Una metodología feminista? Punto de vista e interseccionalidad

Sandra Harding (1992) propuso una epistemología y metodología feminista que cuestiona la lógica masculina de la ciencia y promueve la reflexividad, es decir, explicitar el género, la raza, la clase y los rasgos culturales de quien investiga. Sin embargo, su enfoque reproduce la universalización del género y el dualismo hombre/mujer, como señala Haraway (1991).

Donna Haraway aportó también a la reflexividad y al punto de vista, invitando a historizar a quien investiga, mostrando cómo la posición del investigador afecta la interpretación. Desde un enfoque decolonial, reflexividad y punto de vista deben considerar geopolítica, raza, clase, sexualidad y capital social, no solo la autodefinición.

Patricia Hill Collins (1998) profundiza el concepto de punto de vista desde el feminismo negro. Este incluye:

  1. Experiencias sociocríticas: conjunto de vivencias que proporcionan perspectivas distintas sobre la realidad.

  2. Conciencia feminista negra: la interpretación de esa realidad material desde la experiencia de opresiones simultáneas, o matriz de dominación, que combina racismo, heterosexualidad, colonialismo y clasismo, con expresiones estructurales, ideológicas e interpersonales.

Esto implica que la experiencia vivida es fuente de conocimiento, y quienes la han vivido tienen un privilegio epistémico (Hill Collins 1998). No se trata solo de describir que alguien es negra, pobre o mujer, sino de entender por qué esas condiciones existen, cómo fueron producidas por la colonialidad y cómo se mantienen.

La noción de interseccionalidad de Kimberlé Crenshaw (1993) reconoce la diferencia desde categorías intersectadas, pero tiende a un multiculturalismo liberal que no cuestiona la producción histórica de esas diferencias. Por ello, un enfoque decolonial entiende raza y género como categorías constitutivas de la episteme moderna colonial, resultado de opresiones históricas que persisten en la colonialidad contemporánea.

La relación sujeto-objeto

En las metodologías feministas, los sujetos que investigan suelen ser académicos/as del Norte o posiciones privilegiadas, mientras que los objetos de estudio son mujeres racializadas, pobres, indígenas o del Tercer Mundo. Esta dinámica refleja la colonialidad del saber, que asume que “lo otro” es materia prima para la investigación.

Preguntas clave que plantea Ochy Curiel (2013) son:

  • ¿Qué significa que mujeres blancas del Norte estudien mujeres del Tercer Mundo?

  • ¿Qué implicaciones tiene aplicar categorías eurocéntricas?

Mohanty (2008) y Spivak (2009) advierten que esto puede producir colonización discursiva y violencia epistémica, generando créditos académicos para quienes estudian a “otros” desde posiciones hegemónicas. Curiel propone una antropología de la dominación, que investigue cómo se construyen los “otros” y las “otras” desde el poder, haciendo etnografía de nuestras propias prácticas académicas, metodológicas y pedagógicas (Escobar 1996).


El desenganche epistemológico

La perspectiva decolonial busca desprenderse de la colonialidad del poder, del saber y del ser, cuestionando: qué conocimientos se producen, cómo y para qué.

a) Reconocimiento de saberes subalternizados

No basta citar a feministas negras, indígenas o empobrecidas; se trata de:

  • Reconocer conceptos, teorías y categorías producidas colectivamente desde experiencias subalternizadas, capaces de explicar distintas realidades sin universalizar.

  • Adoptar una ética liberadora con genealogía propia (Palermo 2010), que rompa la diferencia epistémica entre sujeto cognoscente y sujetos a ser conocidos.

  • Implementar procesos pedagógicos y metodológicos distintos, como la co-investigación y la teorización desde la práctica comunitaria (Espinosa et al. 2013).

b) Problematizar las condiciones de producción de conocimientos

Silvia Rivera Cusicanqui (2010) propone cuestionar la economía del conocimiento: cómo los privilegios materiales, la geopolítica del conocimiento y los mecanismos institucionales pueden reproducir formas de colonización intelectual incluso en el Sur.

Aplicado al feminismo:

  • ¿Desde qué marcos institucionales se producen metodologías feministas críticas?

  • ¿Qué privilegios materiales, de capital social, raza, clase o sexualidad intervienen?

Analizar estas condiciones es esencial para descolonizar la producción de conocimiento y combatir la colonialidad del saber, del poder y del ser.