miércoles, 4 de marzo de 2026

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 INTERFACECRITIQUE


Examinando las condiciones y contingencias de los aparatos y las aplicaciones


SOBRE

DE MI (MY) A MÍ (ME)


Olia Lialina


“Mí” es barato. “Mí” es fácil de controlar. “Mí” es fácil de canalizar. “Mí” es esclavo de su propio reflejo. “Mí” es esclavo de las plataformas que hacen ese reflejo brillante. “Mí” es dato. “Mí” es dato cercano al metadato. Esto hace que “Mí” sea perfecto para satisfacer a los anunciantes y alimentar a las redes neuronales.


Este artículo desarrolla afirmaciones que he hecho recientemente en charlas y textos sobre la WWW, el diseño web y los sitios personales, así como las incluidas en este volumen. Como el editor (y probablemente también los lectores) notó, cada vez que busco contraejemplos a los nuevos productos de medios creados bajo el cruel e hipócrita paradigma UX, termino evocando un sitio web —o más precisamente, un sitio de un género particular—: “el GeoCities de los 90”.


Esta selectividad es intencional. Como conservadora e investigadora del archivo One Terabyte of Kilobyte Age, estoy rodeada de sitios GeoCities construidos y abandonados por webmasters amateurs entre 1995 y 2009. Los sitios amateurs son centrales en mi argumento porque constituyen el corpus del archivo y de mi investigación sobre la historia de la web. Este enfoque no es accidental: se desarrolla a partir de la tesis de que las páginas personales son el núcleo conceptual y estructural de la WWW

.


Su aparición fue accidental, su tiempo breve, su valor e influencia minimizados; fueron borradas u ocultadas. Y dado que esta arrogancia de la industria IT y de los círculos de Interacción Humano-Computadora no fue accidental —sino que respondió al llamado de la “computadora invisible”, cuyo instrumento central es alienar a los usuarios de su medio— elegí argumentar lo contrario e ilustrarlo con artefactos que destacan momentos en la historia del medio en que sus usuarios estaban en el poder.


La elección de la palabra “momentos” y el uso del pasado también son intencionales. El hecho de que el tiempo de las páginas personales haya terminado es evidente. Lo que la nostalgia actual por la web temprana (“netstalgia”) oculta es que nunca hubo realmente un “tiempo” para ellas.


Así como nunca existió un período Web 1.0 en sí mismo. Primero, el término es retrospectivo. Y segundo: la afirmación de marketing Web 2.0 hecha en Silicon Valley en 2004 sobre el futuro de la web no debería definir los diez años anteriores como si fueran homogéneos o su opuesto. No hubo un corte “2.0” que dejara atrás ciertos contenidos y formas —como los sitios personales—.


Tampoco hubo una evolución “natural” que hiciera que la gente dejara de construir sus páginas personales. La profesionalización o el internet más rápido —razones frecuentemente citadas— podrían haber producido lo contrario: una tradición más rica y luminosa de personas construyendo sus propios ciberhogares.


Nunca hubo un momento en la historia de la web en que construir tu hogar fuera celebrado por líderes de opinión. La idea de invertir tiempo en construir tus propios rincones del ciberespacio fue suprimida sin piedad por proveedores de hosting y “padres” de Internet.


La frase sarcástica:


“Pueden llamarla página de inicio, pero es más como el gnomo en el jardín delantero de alguien”


no fue dicha por algún profeta de redes sociales ni por un Zuckerberg o Dorsey metafórico, sino por el propio Tim Berners-Lee, tan temprano como en 1996 —año que solemos considerar la edad dorada de las páginas amateurs.


Tengo varias sugerencias para quienes decidan hacer su página en la tercera década del siglo XXI. La mayoría aparecerán al final, pero hay una que quiero hacer ahora mismo:


No veas hacer tu propia página como nostalgia. No participes en la tendencia netstálgica. Lo que haces es una declaración, un acto de emancipación. Continúas una tradición de liberación de 25 años.


Comprender la historia de la Web


Para entender la historia de la web y el papel de sus usuarios, debemos reconocer que quienes construyeron hogares, mundos, criptas, guaridas, universos y dimensiones estaban desafiando la arquitectura y los protocolos (en sentido figurado). Secuestraron la primera página de inicio del navegador y desarrollaron ese concepto en otra dirección.


Un usuario construyendo, mudándose y tomando control de un territorio nunca fue el plan. Fue una práctica subversiva, incluso en 1995.


Tim Berners-Lee afirmó que la página personal no era realmente un “hogar”, sino más bien un espacio exhibicionista, un cartel público. Él pedía herramientas más fluidas y conectadas. Sin embargo, esas herramientas terminaron materializándose como LiveJournal, Friendster, Facebook y otras plataformas que enseñaron a los usuarios que su papel no era construir, sino conectarse y entregar contenido.


Ridiculizar a los amateurs


Desde 1996, las páginas personales fueron objeto de burla. Manuales como Creating Killer Web Sites, Web Pages That Suck o Taking Your Talent to the Web criticaban animaciones de sangre goteante, textos parpadeantes, logos 3D, fondos ruidosos.


Se protegió a Internet de combinaciones de colores “incorrectas”, del sonido de fondo molesto y del <marquee>. Pero a largo plazo, eso fue el inicio del fin del diseño web como profesión significativa.


En 2016, Vincent Flanders escribió:


“En 2016 el diseño web es lo que Google quiere que sea.”


Más cierto aún en 2020.


El fin del diseñador web


Ya no hay diseñadores web. Hay diseñadores gráficos y desarrolladores, front-end y back-end. La web dejó de ser vista como medio y pasó a ser tecnología subyacente.


Hoy la mayoría de apps móviles, señalización digital e instalaciones están construidas con HTML, CSS y JavaScript, pero como navegadores en modo kiosco. Invisibles.


Trayectorias: De “My” a “Me”


Otra trayectoria clave es la que va de Under Construction → Update → Upload.


Under Construction: construir la web


Update: relación complicada con la web


Upload: alimentar formularios con contenido


También propone seguir la trayectoria de “My” a “Me”.


“My” implicaba posesión activa:

mi sitio, mi mundo, mi espacio, mi universo, mi colección.


“Me” es otra cosa:

solo yo, mi reflejo, mi perfil, mi historia.


El punto culminante de esa transición fue la portada de Time de 2006 (“Person of the Year: You”). Tú, el usuario, celebrado —pero convertido en productor gratuito de datos.


“My” era peligroso.

“Me” es perfecto.


“Mí” es barato.

“Mí” es controlable.

“Mí” es canalizable.

“Mí” es esclavo de su reflejo.

“Mí” es dato.

Dato cercano al metadato.


Perfecto para anunciantes y redes neuronales.


¿Qué hacer?


No colaborar.

No publicar donde no puedas convertir tu texto en hipertexto.

No subir imágenes donde no puedas enlazarlas.

No aceptar timelines algorítmicos.


Haz una página web.

Enlaza a otros que también tengan una.


Pero el mayor desafío no es solo abandonar plataformas:

es abandonar la idea de que “Mí” debe ser el centro.


No lleves el “Me” impuesto a nuevos espacios.

Contaminará incluso las mejores iniciativas.

martes, 3 de marzo de 2026

Epistemologías situadas en tiempos de crisis: cuerpo, tecnología y responsabilidad

 Epistemologías situadas en tiempos de crisis: cuerpo, tecnología y responsabilidad

El presente se percibe como un momento de bifurcación. No se trata únicamente de una crisis económica o política, sino de una crisis civilizatoria que atraviesa las formas mismas en que comprendemos el mundo y producimos conocimiento sobre él. La modernidad capitalista se ha presentado como totalidad, como único horizonte posible, organizando no solo la economía sino también la subjetividad, el deseo y el tiempo. En ese marco, pensar críticamente no es un gesto académico aislado, sino una necesidad histórica.

Las epistemologías feministas emergen en este terreno ampliado de la crítica. No cuestionan solo contenidos, sino la estructura misma del conocer. Sandra Harding propone una objetividad fuerte que obliga a reconocer que todo conocimiento está situado. No existe mirada sin posición. No existe análisis sin implicación. La supuesta neutralidad de la ciencia ha ocultado durante siglos relaciones de poder, jerarquías de género y exclusiones sistemáticas.

La modernidad construyó una dicotomía fundacional entre mente y cuerpo. La razón fue elevada como instancia suprema, mientras el cuerpo quedó asociado a lo instintivo, lo emocional, lo desbordado. Lourdes C. Pacheco advierte cómo la ciencia moderna expulsó la subjetividad y los afectos de sus criterios de validez. El cuerpo fue reducido a objeto de estudio, nunca reconocido como sujeto cognoscente. Sin embargo, esta operación no fue inocente. El orden simbólico de la modernidad capitalista, encabalgado con el patriarcado, consolidó una jerarquía donde lo racional y lo masculino dominan, y lo sensible, lo intuitivo y lo femenino son subordinados.

Somos consecuencia de un solo tipo de pensamiento, el racional. Nuestra parte intuitiva, empática, sensible ha sido sistemáticamente aplastada o deslegitimada. Hemos aprendido a desconfiar de aquello que no puede medirse o clasificarse. Y, sin embargo, el cuerpo insiste. El cuerpo siente antes de conceptualizar. Percibe antes de traducir. Habita antes de explicar.

Estudiar desde el cuerpo no significa abandonar la razón, sino reconocer que la experiencia encarnada es condición de posibilidad del conocimiento. La crisis civilizatoria actual no puede comprenderse únicamente desde categorías abstractas. El modelo productivista y depredador trata al planeta como arsenal de recursos y a las poblaciones como piezas reemplazables. Las estructuras depredadoras del capitalismo contemporáneo no solo devastan territorios, también moldean subjetividades precarizadas, volcadas al consumo y al presentismo.

En este contexto, la tecnología aparece como emblema del progreso. Sin embargo, el mito de la tecnología como progreso lineal debe ponerse en crisis. La tecnología no es neutral ni inevitable. Es extensión de un modelo de pensamiento. Si nuestras herramientas funcionan, si son útiles y eficaces, tendemos a tomar ese modelo como paradigma absoluto. Del mismo modo que concebimos el cuerpo como mecanismo, concebimos el mundo como máquina.

En el Leviatán, Thomas Hobbes se preguntaba por qué no podríamos decir que los autómatas tienen una vida artificial, si el corazón no es sino un resorte y las articulaciones ruedas que dan movimiento al cuerpo entero. Esta analogía entre cuerpo y máquina marcó profundamente la imaginación moderna. Desde entonces hemos pensado el organismo como mecanismo y, en consecuencia, hemos diseñado nuestras tecnologías como prolongaciones de ese modelo mecánico y racional.

Pero el cuerpo no es solo engranaje. También es caos, intuición, imprevisibilidad. Somos capaces de cálculo y de desborde. Sin embargo, hemos negado como sociedad y como individuos nuestro reconocimiento fuera de los sistemas que hemos creado. Desde el ego hasta la sociedad patriarcal y capitalista que habitamos, nos movemos dentro de estructuras que presentamos como naturales. Hemos incluso fabricado una réplica del mundo que observamos, y que todavía no entendemos del todo, en el ciberespacio. Allí reproducimos jerarquías, violencias y desigualdades. Somos doble, triple, múltiples veces atrapados en capas de sistemas que nosotros mismos edificamos.

En el flujo constante de información, las prácticas que requieren tiempo entran en crisis. La confianza, las promesas y la responsabilidad necesitan duración. También la observación atenta y detenida. Sin embargo, el régimen digital privilegia la aceleración. Se acumulan datos sin producir necesariamente conocimiento. Se corre dentro de la información sin alcanzar comprensión. El malfuncionamiento que pone en crisis a un sistema no siempre es visible en su eficiencia técnica, sino en su incapacidad para sostener la vida que lo atraviesa. Cuando un sistema continúa operando pero erosiona las condiciones mismas que lo hacen posible, su crisis es estructural.

Las epistemologías feministas permiten leer ese malfuncionamiento. Al recuperar el cuerpo como lugar de conocimiento, cuestionan la reducción de lo humano a engranaje productivo o consumidor de datos. Invitan a pensar desde la vida concreta, desde la experiencia situada, desde aquello que ha sido históricamente desvalorizado.

En tiempos de crisis civilizatoria, estudiar desde el cuerpo se convierte en un acto político. Significa reconocer que el conocimiento no es exterior al mundo que analiza. Que la tecnología no es simple herramienta, sino expresión de una racionalidad específica. Y que, si queremos imaginar otras formas de habitar el mundo, debemos ampliar nuestras formas de conocerlo, reincorporando la intuición, la sensibilidad y la experiencia como dimensiones legítimas del pensamiento.

Solo así la bifurcación del presente podrá abrirse hacia algo distinto y no hacia la repetición amplificada de los mismos sistemas que hoy comienzan a mostrar sus fisuras.